REALIDAD SOCIAL, ALIENACIÓN Y PSICOPATOLOGÍAS. EL PAPEL DE LA CONCIENCIA EN LA LOGOTERAPIA

CAPÍTULO III: 3.El Comportamiento Psicológico y Psicopatológico Aparejado a la Base Material en que se Desarrollan las Personas

Por: Dr. Víctor H. Palacio Muñoz
Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Chapingo, México

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3. El Comportamiento Psicológico y Psicopatológico Aparejado a la Base Material en que se Desarrollan las Personas

La Psicopatología en el Mundo

El Informe sobre la salud en el mundo 2001 se publica en un periodo significativo del avance de la neurociencia. Ésta es la rama de la ciencia que estudia la anatomía, la sociología, la bioquímica y la biología molecular del sistema nervioso, especialmente en lo relativo al comportamiento y el aprendizaje.

A medida que la revolución molecular avanza, instrumentos como la neuroimaginología y la neurofisiología están permitiendo a los investigadores ver el cerebro humano vivo sintiendo y pensando. Utilizadas en combinación con la neurociencia cognitiva, las técnicas imaginológicas ofrecen cada vez más posibilidades de identificar las regiones especificativas del cerebro que se utilizan para distintos aspectos del pensamiento y las emociones.

Las neuronas con responsables de la emisión y la recepción de impulsos nerviosos o señales. La neuroglía aporta a las neuronas nutrientes, protección y soporte estructural. Más de 100 sustancias químicas, denominadas neurotransmisores, transitan a través de estas sinapsis. En conjunto, el cerebro aloja más de 100 billones de sinapsis.

Los circuitos, constituidos por cientos o miles de neuronas, dan origen a procesos mentales y conductuales complejos.
Los futuros avances nos permitirán conocer con mayor detalle la relación entre el cerebro y las funciones mentales y conductuales complejas; esto se unirá a los estudios neuropsicológicos y electrofisiológicos, lo que ofrecerá imágenes dinámicas en tiempo real del sistema nervioso en funcionamiento; otros avances se basarán en los progresos de la genética y en los descubrimientos realizados en torno al genoma humano; también se ha avanzado en la manera en que influye el funcionamiento de la mente en la salud física de las personas. Se considera que en la mayoría de las enfermedades mentales y orgánicas influye una combinación de factores biológicos, psicológicos y sociales (OMS, 2001).

La medicina conductual es una extensa área interdisciplinar que integra los conocimientos de las ciencias conductuales, psicosociales y biomédicas de interés para comprender la salud y la enfermedad. Entre 1980 y 2000, la medicina conductual ha hecho acopio de datos que demuestran la íntima conexión existente entre la salud mental y la salud física. Las investigaciones han demostrado, por ejemplo, que las mujeres con cáncer de mama avanzado que participan en una terapia grupal de apoyo viven significativamente más que las que no intervienen en este tipo de actividad (Spiegel et al., 1989), que la depresión predice la incidencia de cardiopatía (Fe Ferket et al., 2000), y que la aceptación realista de la propia muerte se asocia a un menor tiempo de supervivencia entre los afectados por el SIDA (Redd et al., 1994).

¿Cómo se influyen mutuamente las funciones mentales y las orgánicas? Las investigaciones han señalado dos vías por las cuales la salud mental y la salud física influyen la una en la otra a lo largo del tiempo. La primera vía fundamental discurre directamente a través de los sistemas fisiológicos, como las funciones neuroendocrinas e inmunitarias. La segunda es la vía del comportamiento en materia de salud. Por comportamiento en materia de salud se entiende una gama de actividades tales como comer sensatamente, hacer ejercicio con regularidad, dormir lo suficiente, no fumar, mantener relaciones sexuales seguras, utilizar el cinturón de seguridad en los vehículos y cumplir los tratamientos médicos (Reed, et al., 1994). Desde el punto de vista fisiológico, la ansiedad y la depresión, por ejemplo, ponen en marcha una cadena de alteraciones de las funciones endocrinas e inmunitarias, y aumentan la propensión a diversas enfermedades orgánicas. Así, se sabe que el estrés guarda relación con la aparición del resfriado (Cohen et al., 1991) y retrasa la cicatrización de las heridas (Kielcot-Glaser et al. 1999).

Debido al papel que el comportamiento en materia de salud desempeña en la conformación del estado de salud general, es importante conocer sus determinantes. Las enfermedades no trasmisibles como las cardiopatías y el cáncer, cobran en todo el mundo miles de vidas y miles de individuos con problemas de salud. Muchas de estas enfermedades se vinculan a comportamientos no saludables, como el consumo de alcohol y tabaco, la mala alimentación y la vida sedentaria. El comportamiento en materia de salud es también un determinante fundamental de la propagación de enfermedades transmisibles como el SIDA, a través de prácticas sexuales de riesgo y del uso compartido de jeringuillas. Muchas enfermedades podrían prevenirse mediante comportamientos saludables (OMS, op. cit.).

Se ha comprobado recientemente que los jóvenes con trastornos psiquiátricos, con depresión y toxicomanía, tienen más probabilidades de mantener relaciones sexuales de alto riesgo que los que no los padecen. Por ello corren el riesgo de contraer diversas enfermedades de transmisión sexual, como el SIDA (Ranrakha et al. 2000).
            En relación a los trastornos mentales y conductuales se caracterizan en términos generales por alguna combinación de anomalías de los procesos de pensamiento, de las emociones, del comportamiento y de las relaciones con los demás. Como ejemplos cabe citar la esquizofrenia, la depresión, el retraso mental y los trastornos relacionados con el abuso de sustancias (OMS, op.cit.).

Durante años, los científicos han discutido acerca de la importancia relativa de la genética frente al ambiente en la aparición de los trastornos mentales y del comportamiento. Hoy día, las pruebas científicas indican que dichos trastornos son consecuencia de la suma de influencias genéticas y ambientales, esto es, de la interacción de las características biológicas con factores psicológicos y sociales. El cerebro se limita a reflejar el desarrollo determinista de complejos programas genéticos, el comportamiento humano es sólo el resultado de un determinismo ambiental (OMS, op. cit.)

La ciencia moderna está demostrando que la exposición a factores estresantes durante las primeras etapas del desarrollo se asocia a hiperactividad cerebral persistente y a mayores probabilidades de depresión en períodos ulteriores a la vida (IEM et al., 2000).

Queda mucho por aprender sobre las causas específicas de dichos trastornos, pero la nerurociencia, la genética, la psicología, entre otras disciplinas, han desempeñado un importante papel en la estructuración de nuestros conocimientos sobre estas complejas relaciones.

Se ha observado una relación entre diversos trastornos de ese tipo y la existencia de alteraciones de la comunicación neuronal en determinados circuitos. En la esquizofrenia, la anormal maduración de los circuitos neuronales puede causar alteraciones histopatológicas, detectables a escala tanto celular como tisular macroscópica, que den lugar a un procesamiento incorrecto o mal adaptado de la información (Lewis y Lieberman, 2000). Sin embargo, en la depresión es posible que no se produzcan anomalías anatómicas características en este caso, el riesgo de enfermedad puede deberse a cambios de la reactividad de los circuitos neuronales (Berke y Imán, 2000). Éstos, a su vez, pueden ser reflejo de cambios sutiles en la estructura, la ubicación o los niveles de expresión de proteínas esenciales para un funcionamiento normal. Algunas enfermedades psíquicas, como las toxicomanías, pueden considerarse en parte el resultado de una plasticidad sináptica ma ladaptada. En otras palabras, las alteraciones de las conexiones sinápticas inducidas por sustancias psicotrópicas o por la experiencia pueden causar trastornos duraderos de los procesos de pensamiento, las emociones y el comportamiento (OMS, op. cit.).

El progreso de la genética ha discurrido parejo al de la neurociencia. Casi todos los trastornos mentales y del comportamiento se asocian a un importante componente genético de riesgo. Sin embargo, tanto los estudios sobre el modo de transmisión de los trastornos mentales en el seno de familias extensas multigeneracionales, como aquéllos en los que se ha comparado el riesgo de trastornos mentales en gemelos monocigóticos (idénticos) y dicigóticos, permiten concluir que el riesgo de las formas frecuentes de trastornos mentales es complejo desde el punto de vista genético. Los trastornos mentales y del comportamiento se deben fundamentalmente a la interacción de múltiples genes de riesgo y factores ambientales. Es más, es posible que una predisposición genética a desarrollar un determinado trastorno mental o del comportamiento se manifieste únicamente en personas sometidas también a determinados estresores ambientales que desencadenan la manifestación de la enfermedad (OMS, op. cit.).

Los factores psicológicos individuales guardan también relación con la aparición de trastornos mentales y del comportamiento. A lo largo del siglo XX, un hallazgo fundamental ha conformado nuestra concepción actual; la importancia decisiva de las relaciones con los padres y otros cuidadores durante la infancia. Los cuidados afectuosos, atentos y estables permiten a los lactantes y a los niños pequeños desarrollar con normalidad funciones como el lenguaje, el intelecto y el control de las emociones. Ese desarrollo puede verse interferido si el cuidador sufre problemas de salud mental u otras enfermedades, o si fallece. Los niños pueden verse separados de sus cuidadores por la pobreza, la guerra, la migración. A escala más general, también quedan desatendidos cuando no existen servicios sociales. Al margen de las causas concretas, cuando los niños se ven privados de la atención de quien los cuida, tienen más probabilidades de padecer trastornos mentales y del comportamiento, ya sea durante la infancia o más adelante. Prueba de ello es la evolución seguida por muchos niños acogidos en instituciones que no les proporcionaban la suficiente estimulación social. Aunque recibían una alimentación y unos cuidados corporales adecuados, era frecuente que manifestaran graves deficiencias en la interacción con los demás, en la expresividad emocional y en el afrontamiento adaptativo a los acontecimientos estresantes de la vida. En algunos casos se observaban también deficiencias intelectuales.

Otro hallazgo fundamental es que el comportamiento humano se configura en parte por medio de interacciones con el entorno natural o social. Estas interacciones pueden tener consecuencias favorables o desfavorables para el individuo. En esencia, es más probable que las personas se inclinen por los comportamientos que sean recompensados por el entorno, y menos probable que opten por comportamientos ignorados o sancionados. Por consiguiente, los trastornos mentales y del comportamiento pueden considerarse como un comportamiento aprendido, ya sea directamente o por la observación de otros a lo largo del tiempo.

Por último, la psicología ha demostrado que algunos tipos de trastornos mentales y del comportamiento, como la ansiedad y la depresión, pueden ser consecuencia de la incapacidad para afrontar adaptativamente un acontecimiento vital estresante. Por lo general, las personas que evitan pensar en las causas de estrés o afrontarlas tienen más probabilidades de padecer ansiedad o depresión, mientras que las personas que comparten sus problemas con otros y procuran encontrar maneras de hacer frente a los factores estresantes funcionan mejor al cabo del tiempo. Esta constatación ha impulsado el desarrollo de intervenciones basadas en la enseñanza de aptitudes de afrontamiento (OMS, op. cit.).

De otra parte, se han relacionado los trastornos mentales y del comportamiento con factores sociales como la urbanización, la pobreza y la evolución tecnológica, pero no hay razón alguna para dar por sentado que la repercusión de los cambios sociales sobre la salud mental es igual en todos los segmentos de una sociedad determinada. Por lo general, dichos cambios tienen efectos distintos en función de la situación económica, el sexo, la raza y las características étnicas.

Entre 1950 y 2000, la proporción de población urbana en Asia, África, América Central y América del Sur aumentó del 16% al 50% (Harpham y Blue, 1995). En 1950, Ciudad de México y São Paulo tenían 3.1 y 2.8 millones de habitantes, respectivamente, pero se estima que para el año 2000 habían alcanzado los 10 millones. Las características de la urbanización moderna pueden tener efectos nocivos sobre la salud mental por la influencia de los factores estresantes más frecuentes y de acontecimientos vitales adversos como los entornos superpoblados y contaminados, la pobreza y la dependencia de una economía monetaria, los altos niveles de violencia y el escaso apoyo social (Desjarlais et al., 1995). Aproximadamente la mitad de la población urbana de los países con ingresos bajos y medios vive en la pobreza, y decenas de millones de adultos y niños carecen de un hogar. En algunas zonas, el desarrollo económico está obligando a un número cada vez mayor de poblaciones indígenas a emigrar hacia áreas urbanas en busca de sustento. Por lo general, la emigración no aporta un mayor bienestar social; al contrario, genera a menudo altas tasas de desempleo y condiciones de vida miserables, de tal modo que los emigrantes quedan expuestos a tensiones sociales y a un mayor riesgo de trastornos mentales debido a la ausencia de redes sociales de apoyo. Así, los conflictos, las guerras y los enfrentamientos civiles se asocian a mayores tasas de problemas de salud mental.
También la vida rural afecta mentalmente a muchas personas. Son frecuentes el aislamiento, la carencia de transportes y comunicaciones, y la escasez de oportunidades educativas y económicas. Además, los servicios de salud mental tienden a concentrar los recursos clínicos y el personal experimentado en áreas metropolitanas más amplias, dejando así pocas opciones a los habitantes de zonas rurales necesitados de asistencia psiquiátrica. Un estudio sobre el suicidio en ancianos de algunas zonas de la provincia china de Hunan mostró que la tasa de suicidio era más elevada en las zonas rurales (88.3 por 100 000 habitantes) que en las urbanas (24.4 por 100 000 habitantes) (Xu et al., 2000). En otros lugares se ha comprobado que, en las zonas rurales, las tasas de depresión en las mujeres eran más de dos veces superiores a las estimadas para la población general femenina (Hauenstein y Boyd, 1994).

La relación entre pobreza y salud mental es compleja y multidimensional. Según su definición más estricta, la pobreza consiste en la carencia de dinero o posesiones materiales. En términos más amplios, y quizá más apropiados para hablar de los trastornos mentales y del comportamiento, la pobreza puede entenderse como la insuficiencia de medios, lo que comprende la falta de recursos sociales o educativos. La pobreza y las situaciones que conlleva, como el desempleo, la baja instrucción, las privaciones y la falta de un hogar, no sólo abundan en los países pobres, sino que afectan también a una minoría considerable en los países ricos. Entre las víctimas de la pobreza y las privaciones es mayor la prevalencia de trastornos mentales y del comportamiento, incluidos los asociados al abuso de sustancias psicotrópicas. Esta mayor prevalencia puede explicarse por la acumulación de causas de trastornos mentales entre los pobres, así como por la transición de los enfermos mentales hacia la pobreza. Aunque se ha discutido cuál de estos dos mecanismos es responsable de la mayor prevalencia entre los pobres, los datos indican que ambos tienen importancia (Patel, 2001). Por ejemplo, el mecanismo causal puede ser más válido para los trastornos depresivos y de ansiedad, mientras que la teoría de la transición a la pobreza puede explicar sobre todo la mayor prevalencia de trastornos psicóticos y ligados a toxicomanías entre los pobres. Pero estos mecanismos no se excluyen mutuamente: los individuos pueden estar predispuestos a los trastornos mentales debido a su situación social, y aquellos que padecen estos trastornos pueden sufrir aún más privaciones como consecuencia de su enfermedad. Éstas consisten en niveles de instrucción más bajos, desempleo y, en casos extremos, carencia de un hogar .Los trastornos mentales pueden causar discapacidades graves y duraderas, e incluso incapacitar para el trabajo. Si no existe un apoyo social suficiente, como ocurre a menudo en los países en desarrollo carentes de servicios organizados de asistencia social, las personas se empobrecen con rapidez.

Existen también pruebas de que la evoluciónde los trastornos mentales y del comportamiento está determinada por la situación socioeconómica del individuo. Puede ser el resultado de una carencia general de servicios de salud mental, unida a las barreras que impiden a ciertos grupos socioeconómicos el acceso a la asistencia médica. Los países pobres disponen de muy pocos recursos para la asistencia psiquiátrica, y éstos a menudo quedan fuera del alcance de los segmentos más pobres de la sociedad. Incluso en los países ricos, la pobreza, unida a factores como la ausencia de cobertura de seguro médico, el menor nivel de instrucción, el desempleo y la condición de minoría racial, étnica y lingüística, puede levantar barreras infranqueables para el acceso a la asistencia médica. El desfase terapéutico es grande para la mayoría de los trastornos mentales, pero en la población pobre es enorme.

En los distintos niveles socioeconómicos, los numerosos papeles que las mujeres desempeñan en la sociedad las exponen a un mayor riesgo de padecer trastornos mentales y del comportamiento que otros miembros de la comunidad. Las mujeres siguen soportando la carga de responsabilidad ligada a su condición de esposas, madres, educadoras y cuidadoras de otras personas, al tiempo que se están convirtiendo en una parte fundamental de la fuerza de trabajo; constituyen ya la principal fuente de ingresos para una proporción de hogares comprendida entre la cuarta y la tercera parte. Además de las presiones que las mujeres soportan como consecuencia de sus responsabilidades, cada vez más amplias y a menudo encontradas, se enfrentan a una importante discriminación sexual y a las situaciones adversas que conlleva, como la pobreza, el hambre, la mal nutrición, el exceso de trabajo y la violencia doméstica y sexual. Por ello no sorprende constatar que las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de que se les prescriban psicofármacos.   La violencia contra las mujeres constituye un importante problema social y de salud pública que afecta a éstas sin distinción de edad, ámbito cultural o nivel de ingresos, también son elementos que inciden en la salud mental de las mujeres.

También el racismo origina problemas importantes. Aunque en algunos círculos persiste la renuencia a hablar del fanatismo racial y étnico en el contexto de los problemas de salud mental, diversas investigaciones en materia de psicología, sociología y antropología han demostrado que el racismo guarda relación con la perpetuación de los problemas mentales. Los datos disponibles indican que las personas que han sufrido el racismo durante largo tiempo corren mayor riesgo de padecer problemas mentales o de que se agraven los ya existentes. En cuanto a las personas que practican y perpetúan el racismo, se ha comprobado que sufren ciertos tipos de trastornos mentales.

Los psiquiatras que estudian la interacción entre el racismo y la salud mental en sociedades con problemas de racismo han observado, por ejemplo, que éste puede agravar la depresión. En una revisión de 10 estudios sobre diversos grupos raciales de América del Norte, que reunían las respuestas de más de 15,000 individuos, se estableció firmemente la asociación entre las experiencias de racismo y los trastornos psicológicos (Williams y Williams-Morris, 2000).

Pero estos avances tienen también su contrapartida. Algunos datos indican que las imágenes que aparecen en los medios de comunicación influyen en los niveles de violencia, los comportamientos sexuales y el interés por la pornografía, y que la exposición a la violencia de los videojuegos propicia los comportamientos agresivos y otras tendencias de la misma naturaleza (Dill y Hill, 1998). En todo el mundo, el gasto en publicidad supera en una tercera parte el crecimiento de la economía mundial. La mercadotecnia agresiva está desempeñando un papel sustancial en la mundialización del consumo de alcohol y tabaco entre los jóvenes, con el consiguiente aumento del riesgo de trastornos relacionados con el abuso de sustancias y de las alteraciones orgánicas asociadas (Klein, 1999).

Los trastornos mentales y conductuales son frecuentes: más del 25% de la población mundial los padece en algún momento de la vida. Son también universales, puesto que afectan a personas de todos los países y sociedades, a individuos de todas las edades, a mujeres y hombres, a ricos y pobres, a residentes en entornos urbanos y rurales. Tienen un impacto económico sobre las sociedades y sobre la calidad de vida de los individuos y las familias. Los trastornos mentales y conductuales afectan en un momento dado al 10% de la población adulta aproximadamente. Alrededor del 20% de todos los pacientes atendidos por profesionales de atención primaria padecen uno o más trastornos mentales. En una de cada cuatro familias, al menos uno de sus miembros puede sufrir un trastorno mental o del comportamiento. Estas familias no sólo proporcionan apoyo físico y emocional, sino que soportan las consecuencias negativas de la estigmatización y la discriminación. Se ha estimado que, en 1990, los trastornos mentales y neurológicos eran responsables del 10% de los AVAD (años de vida ajustados en función de la discapacidad) totales perdidos por todas las enfermedades y lesiones. En 2000 ese porcentaje había aumentado al 12%, y se prevé que llegará hasta el 15% en 2020. Los más frecuentes, responsables por lo general de discapacidades importantes, son los trastornos depresivos, los debidos al uso de sustancias psicoactivas, la esquizofrenia, la epilepsia, la enfermedad de Alzheimer, el retraso mental y los trastornos de la infancia y la adolescencia. Los factores asociados a la prevalencia, la aparición y la evolución de los trastornos mentales y conductuales son la pobreza, el sexo, la edad, los conflictos y desastres, las enfermedades físicas graves y el entorno sociofamiliar.

Prevalencia de los trastornos

Los trastornos mentales no se concentran en ningún grupo en particular. Antes bien, son verdaderamente universales: afectan a personas de todas las regiones, todos los países y todas las sociedades. Están presentes en todas las etapas de la vida de hombres y mujeres, ya sean ricos o pobres, residentes en zonas urbanas o rurales. La idea de que los trastornos mentales son un problema de las regiones industrializadas y más ricas del mundo es completamente errónea. Es también incorrecta la creencia de que las comunidades rurales, relativamente al margen del ritmo acelerado de la vida moderna, no padecen trastornos mentales.

Según análisis recientes llevados a cabo por la OMS, las enfermedades neuropsiquiátricas, denominación que abarcaba una selección de trastornos, tenían una prevalencia puntual acumulada del 10% aproximadamente en la población adulta (GBD, 2000). Se estimó que alrededor de 450 millones de personas padecen enfermedades neuropsiquiátricas. Éstas consistían en trastorno depresivo unipolar, trastorno afectivo bipolar, esquizofrenia, epilepsia, trastornos por consumo de alcohol y de determinadas sustancias psicoactivas, enfermedad de Alzheimer y otras demencias, trastorno de estrés postraumático, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno de pánico e insomnio primario.
Tanto en países desarrollados como en países en desarrollo, las encuestas han demostrado que más del 25% de los individuos padecen uno o más trastornos mentales o del comportamiento a lo largo de su vida (Regier et al., 1988; Wells et al., 1989; Almeida-Filho et al., 1997).
El impacto económico de los trastornos mentales es amplio, duradero y de gran magnitud. Estos trastornos imponen una serie de costos a los individuos, las familias y las comunidades en su conjunto. Parte de esta carga económica es obvia y mensurable, pero parte de ella es casi imposible de medir. Entre los componentes mensurables de la carga económica se encuentran las necesidades de servicios de asistencia sanitaria y social, la pérdida de empleo y el descenso de la productividad, el impacto sobre las familias y los cuidadores, los niveles de delincuencia e inseguridad pública, y el impacto negativo de la mortalidad prematura.

Algunos estudios, en su mayoría procedentes de países industrializados, han estimado los costos económicos acumulados de los trastornos mentales. En uno de estos estudios (Rice et al., 1990) se concluyó que, en los Estados Unidos, el costo anual acumulado ascendía aproximadamente al 2.5% del producto nacional bruto. Algunos estudios llevados a cabo en Europa han estimado el gasto en trastornos mentales como porcentaje de todos los costos de asistencia sanitaria: en los Países Bajos era del 23.2% (Meerding et al., 1998) y, en el Reino Unido, sólo los gastos de los pacientes hospitalizados ascendían al 22% (Patel y Knapp, 1998). Aunque no se dispone de estimaciones científicas para otras regiones del mundo, es probable que también en ellas los costos de los trastornos mentales como proporción del conjunto de la economía sean elevados. Las estimaciones de los costos directos pueden ser bajas en los países con escasa disponibilidad y cobertura de la asistencia psiquiátrica, pero son cifras espurias. Los costos indirectos derivados de la pérdida de productividad son responsables de una proporción de los costos generales mayor que los directos. Además, los bajos costos de tratamiento (debido a la carencia de éste) pueden, de hecho, elevar los costos indirectos al prolongar el curso de los trastornos no tratados y la discapacidad que causan (Chisholm et al., 2000).

Los trastornos mentales y conductuales perturban profundamente la vida de las personas afectadas y de sus familias. Aunque no es posible medir toda la infelicidad y el sufrimiento que causan, uno de los métodos para evaluar su repercusión se basa en los cuestionarios de calidad de vida (CDV) (Lehman et al., 1998). Éstos emplean las calificaciones subjetivas del individuo en diversas áreas para evaluar la repercusión de los síntomas y los trastornos en la vida (Orley et al., 1998). En varios estudios se ha informado sobre la calidad de vida de individuos con trastornos mentales y se ha concluido que el impacto negativo no sólo es importante, sino prolongado (UK700 Group, 1999). Se ha demostrado que, incluso después de que el paciente se haya recuperado del trastorno mental, la calidad de vida sigue siendo mala debido a factores sociales como la persistencia del estigma y la discriminación. Los resultados de los estudios sobre CDV indican también que la calidad de vida de los individuos con trastornos mentales graves internados en residencias psiquiátricas es peor que la de los que viven en la comunidad. Un estudio reciente demostró claramente que las necesidades básicas insatisfechas, tanto sociales como de funcionamiento, eran los factores predictivos más importantes de mala calidad de vida en los pacientes con trastornos mentales graves (UK700 Group, 1999).  La repercusión en la calidad de vida no se limita a los trastornos mentales graves. Los trastornos de ansiedad y de pánico tienen también efectos importantes, sobre todo en el ámbito del funcionamiento psicológico (Mendlowicz y Stein, 2000; Orley y Kuyken,  1994).

La depresión

El GBD 2000 estima que la prevalencia puntual de los episodios de depresión unipolar es del 1.9% en la población masculina y del 3.2% en la femenina, y que el 5.8% de los hombres y el 9.5% de las mujeres experimentarán un episodio depresivo en un periodo de 12 meses. Estas cifras de prevalencia varían entre poblaciones y pueden ser más eleva-das en algunas de ellas.  El análisis GBD 2000 también pone de manifiesto que el trastorno depresivo unipolar representa una carga enorme para la sociedad y está considerado la quinta causa de carga entre todas las enfermedades: es responsable del 4.4% del total de AVAD y es la causa principal de los años de vida perdidos por discapacidad (APD): 11.9% del total de APD. En el grupo de 15 a 44 años es la segunda causa de carga, y responsable del 8.3% de los AVAD perdidos. Estas estimaciones demuestran claramente el altísimo nivel de carga atribuible hoy día a la depresión, pero las perspectivas de futuro son todavía más sombrías. Para el año 2020, si las actuales tendencias de la transición demográfica y epidemiológica se mantienen, la carga de depresión aumentará al 5.7% de la carga total de morbilidad, convirtiéndose en la segunda causa de AVAD perdidos. En el mundo, sólo será superada en AVAD perdidos para ambos sexos por las miocardiopatías. En las regiones desarrolladas, la depresión será para esas fechas la primera causa de carga de morbilidad.  La depresión puede aparecer en cualquier momento de la vida, aunque la incidencia es mayor en la madurez. Sin embargo, cada vez se identifican más casos de depresión en adolescentes y adultos jóvenes (Lewinsohn et al., 1993). Es casi siempre un trastorno episódico y recurrente; cada episodio suele durar entre unos meses y unos años, con un periodo de normalidad entre ellos. Sin embargo, aproximadamente en el 20% de los casos la depresión sigue una evolución crónica sin recuperación (Thornicroft y Sartorius, 1993), sobre todo cuando no se dispone de un tratamiento apropiado. La tasa de recurrencia en los pacientes que se recuperan del primer episodio ronda el 35% en los dos años siguientes y el 60% a los 12 años. La tasa de recurrencia es más elevada en los pacientes mayores de 45 años. Uno de los desenlaces especialmente trágicos del trastorno depresivo es el suicidio. Entre el 15% y el 20% de los pacientes depresivos lo consuman (Goodwin y Jamison, 1990). El suicidio sigue siendo uno de los desenlaces frecuentes y evitables de la depresión.  Por trastorno afectivo bipolar se entiende una enfermedad depresiva asociada a episodios de manía caracterizados por euforia, mayor actividad, excesiva confianza en sí mismo y dificultades para concentrarse. Según el GBD 2000, la prevalencia puntual del trastorno bipolar ronda el 0.4%. En resumen, la depresión es un trastorno mental frecuente, responsable de una altísima carga de morbilidad, y se prevé que mantendrá una tendencia ascendente durante los próximos 20 años.

Tabaquismo

En lo relativo a los trastornos por consumo de sustancias psicoactivas, se tiene que el consumo de tabaco es sumamente frecuente. En su mayor parte se realiza en forma de cigarrillos. El Banco Mundial estima que, en los países de ingresos altos, la asistencia sanitaria relacionada con el consumo de tabaco representa entre el 6% y el 15.1% del costo total anual en atención de salud (Banco Mundial, 1999).  En la actualidad, uno de cada tres adultos, es decir, 1,200 millones de personas fuman, y se prevé que para el año 2025 esta cifra se elevará a más de 1,600 millones. Se calcula que el tabaco causó más de 3 millones de defunciones en 1990, y que esa cifra ascendió a 4 millones en 1998. Según las estimaciones, las muertes atribuibles al tabaco llegarán a 8.4 millones en 2020 y alcanzarán los 10 millones anuales hacia 2030. Sin embargo, este incremento no se distribuirá por igual en el mundo: se prevé que en las regiones desarrolladas las defunciones aumentarán un 50%, de 1.6 a 2.4 millones; en tanto que en Asia casi se cuadruplicarán,  pasando de 1.1 millones en 1990 a 4.2 millones en 2020 (Murray y Lopez, 1997).

Alcoholismo

El alcohol es también una sustancia consumida con mucha frecuencia en la mayoría de las regiones del mundo. La prevalencia puntual de los trastornos debidos al abuso de alcohol (uso nocivo y dependencia) en la población adulta se ha estimado en torno al 1.7% en el mundo, según el análisis del GBD 2000. Las tasas son del 2.8% para los varones y del 0.5% para las mujeres. La prevalencia de los trastornos debidos al consumo de alcohol varía mucho entre las regiones del mundo, desde cifras muy bajas en algunos países de Oriente Medio a más del 5% en América del Norte y zonas de Europa oriental.  El consumo de alcohol está aumentando rápidamente en algunas regiones del mundo en desarrollo (Jernigan et al., 2000; Riley y Marshall, 1999; OMS, 1999), lo que probablemente agravará los problemas relacionados con el alcohol (OMS, 2000b). Es también un motivo importante de preocupación en los pueblos indígenas de todo el mundo, entre los que se observa una mayor prevalencia del consumo y de los problemas asociados.  El alcohol es uno de los factores que más contribuyen a la carga de morbilidad. El proyecto sobre la carga mundial de morbilidad (Murray y Lopez, 1996a) estimó que es responsable del 1.5% de todas las defunciones y del 3.5% del total de los AVAD. Esta carga comprende trastornos orgánicos (como cirrosis) y lesiones (por ejemplo, accidentes automovilísticos) atribuibles al alcohol.
El alcohol impone un alto costo económico a la sociedad. Una estimación sitúa el costo actual del consumo abusivo de alcohol en los Estados Unidos en 148 mil millonesde dólares, incluidos 19 mil millones en gastos de asistencia sanitaria (Harwood et al., 1998). En Canadá, los costos económicos del consumo de alcohol, tabaco y drogas ilícitas sumaron, en 1992, 18.4 mil millonesde dólares, lo que representa el 2.7% del PIB. Por sí solo, el alcohol provocó costos por 7.52 mil millones. En otros países, se ha estimado el costo de los problemas relacionados con el alcohol en torno al 1% del producto interno bruto (Collins y Lapsely 1996; Rice et al. 1991).

Otras sustancias psicoactivas

Además del tabaco y el alcohol, también se consumen muchas otras sustancias psicoactivas, agrupadas generalmente bajo la amplia categoría de drogas. Se engloban aquí las drogas ilegales, como la heroína, la cocaína y el cannabis. La prevalencia de periodo del consumo de drogas y la drogodependencia oscila entre el 0.4% y el 4%, pero el tipo de drogas consumidas varía mucho entre las regiones. El análisis GBD 2000 indica que la prevalencia puntual de los trastornos por consumo de heroína y cocaína es del 0.25%. El consumo de drogas por vía intravenosa entraña un importante riesgo de infecciones como la hepatitis B, la hepatitis C y el VIH. Se ha estimado que existen en el mundo aproximadamente 5 millones de personas que se inyectan drogas ilegales. La prevalencia de la infección por el VIH entre estos consumidores de drogas por vía intravenosa varía del 20 al 80% en muchas ciudades. La importancia creciente de esta forma de consumo en la transmisión del VIH ha suscitado una grave preocupación en todo el mundo, especialmente en los países del centro y el este de Europa (UNAIDS, 2000).

Según el GBD 2000, la carga atribuible a las drogas ilegales (heroína y cocaína) asciende al 0.4% de la carga total de morbilidad. Se ha estimado que, en los Estados Unidos, el costo económico del uso nocivo y de la drogodependencia es de 98 mil millones de dólares (Harwood et al., 1998). Ni esta carga de morbilidad ni esta estimación del costo tienen en cuenta los diversos efectos sociales negativos del consumo de drogas. El consumo de tabaco y alcohol se inicia generalmente en la juventud y propicia el consumo de otras drogas. Por consiguiente, tabaco y alcohol contribuyen indirectamente a una gran parte de la carga que suponen otras drogas, y a las enfermedades consiguientes.

Esquizofrenia

La esquizofrenia es una enfermedad grave que se inicia generalmente en la adolescencia tardía o en los primeros años de la edad adulta. Se caracteriza por distorsiones fundamentales de los procesos de pensamiento y percepción y por alteraciones de la afectividad.  El trastorno afecta las funciones más esenciales que confieren a las personas normales, tales como: el sentimiento de individualidad, singularidad y autodirección. El comportamiento puede estar gravemente alterado en algunas fases de la enfermedad y acarrear consecuencias sociales adversas. La firme creencia en ideas falsas y sin ninguna base real (delirios) es otra característica de este trastorno (OMS, op. cit.).

El informe GBD 2000 registra una prevalencia puntual del 0.4% para la esquizofrenia,  enfermedad que causa un alto grado de discapacidad. En un estudio reciente sobre la discapacidad asociada a las enfermedades físicas y mentales en 14 países, la población general situó la psicosis activa en tercer lugar en la relación de trastornos más discapacitantes,  por encima de la paraplejía y la ceguera (Üstün et al., 1999).
En el estudio sobre la carga mundial de morbilidad, la esquizofrenia era responsable del 1.1% del total de AVAD y del 2.8% de los APD. También el costo económico de la esquizofrenia para la sociedad es elevado. Se ha estimado que en los Estados Unidos ascendió en 1991 a 19 mil millones de dólares en gastos directos, y a 46 mil millones en pérdidas de productividad (OMS, op. cit.).

Incluso, después de que los síntomas más evidentes de este trastorno hayan desaparecido, pueden persistir algunos síntomas residuales tales como falta de interés e iniciativa en las actividades laborales diarias, incompetencia social e incapacidad para interesarse por actividades placenteras. Estos síntomas pueden ser causa de una discapacidad constante y una mala calidad de vida, además de constituir una carga considerable para las familias (Pai y Kapur, 1982). Se ha demostrado repetidamente que la esquizofrenia sigue un curso menos grave en los países en desarrollo (Kulhara y Wig, 1978; Thara y Eaton, 1996). Por ejemplo, en uno de los estudios internacionales multicéntricos, la proporción de pacientes en remisión total a los dos años era del 63% en los países en desarrollo, frente al 37% en los países desarrollados (Jablensky et al., 1992). Aunque se ha intentado justificar este mejor pronóstico por la existencia de apoyos familiares más firmes y menos exigencias a los pacientes, no se conocen con exactitud las razones de estas diferencias.

Un número considerable de esquizofrénicos intenta suicidarse en algún momento de la evolución de su enfermedad. Un estudio reciente demostró que el 30% de los pacientes con ese diagnóstico habían intentado suicidarse al menos una vez en su vida (Radomsky et al., 1999), y aproximadamente el 10% de las personas con esquizofrenia consuman el suicidio (Caldwell y Gottesman, 1990). A nivel mundial, la esquizofrenia reduce la esperanza de vida del individuo en una media de 10 años.

Epilepsia

La epilepsia es el trastorno cerebral más frecuente en la población general. Se caracteriza por la aparición recurrente de convulsiones debidas a descargas de actividad eléctrica excesiva en una parte del cerebro o en todo él. La mayoría de los individuos con epilepsia no presentan ninguna anomalía cerebral evidente o demostrable, exceptuando las alteraciones eléctricas. Sin embargo, parte de las personas afectadas pueden tener lesiones cerebrales responsables de otras disfunciones físicas, como espasticidad o retraso mental.

Las causas de epilepsia comprenden la predisposición genética, las lesiones cerebrales debidas a complicaciones perinatales, las infecciones y parasitosis, los traumatismos cerebrales, las intoxicaciones y los tumores. Las cisticercosis, la esquistosomiasis,  la toxoplasmosis, el paludismo, y las encefalitis tuberculosas y víricas son algunas de las causas infecciosas de epilepsia frecuentes en los países en desarrollo (Senanayake y Román, 1993). Las convulsiones epilépticas varían mucho en frecuencia, desde varias en un día a una cada pocos meses. La manifestación de la epilepsia depende de las áreas cerebrales afectadas. Por lo general, el paciente experimenta una pérdida súbita de conciencia y puede presentar movimientos espasmódicos del cuerpo. Corre el riesgo de lesionarse por una caída durante el episodio convulsivo.

El informe GBD 2000 estima que hay en el mundo unos 37 millones de personas que sufren epilepsia primaria. Cuando se considera también la epilepsia causada por otras enfermedades o lesiones, el número total de personas afectadas se eleva a unos 50 millones. Se estima que más del 80% de los individuos epilépticos viven en países en desarrollo.

La epilepsia supone una carga importante para las comunidades, sobre todo en los países en desarrollo, en los que muchos casos quedan sin tratar. El informe GBD 2000 estima que la carga acumulada debida a la epilepsia representa el 0.5% de la carga total de morbilidad. Además de la discapacidad física y mental, la epilepsia tiene a menudo graves consecuencias psicosociales para el individuo y la familia. El estigma asociado a la epilepsia impide a los epilépticos participar en actividades normales como la educación, el matrimonio, el trabajo y los deportes.

La epilepsia aparece generalmente durante la infancia y puede seguir una evolución crónica (aunque no siempre). La tasa de recuperación espontánea es importante: muchos de los diagnosticados inicialmente de epilepsia no presentan convulsiones tres años después (OMS, op. cit.).

Alzheimer

La enfermedad de Alzheimer es una enfermedad degenerativa primaria del cerebro. En la CIE-10, se clasifica la demencia de la enfermedad de Alzheimer entre los trastornos mentales y del comportamiento. Se caracteriza por un declive progresivo de las funciones cognitivas tales como la memoria, el pensamiento, la comprensión, el cálculo, el lenguaje,  la capacidad de aprendizaje y el juicio. Se diagnostica la demencia cuando el declive de estas funciones llega a afectar a las actividades personales de la vida diaria. La enfermedad de Alzheimer tiene un comienzo insidioso con un deterioro lento. Esta enfermedad debe distinguirse claramente del declive fisiológico de las funciones cognitivas que se produce con la edad; éste es mucho menor, mucho más gradual, y causa discapacidades más leves.  La enfermedad de Alzheimer se manifiesta generalmente después de los 65 años, aunque no son infrecuentes los casos de comienzo más temprano. Al aumentar la edad, la incidencia se eleva también con rapidez (aproximadamente se duplica cada cinco años). Este hecho tiene consecuencias obvias para el número total de individuos que viven con esta enfermedad a medida que aumenta la esperanza de vida en la población.

 Según el informe GBD 2000, la prevalencia puntual de la enfermedad de Alzheimer y otras demencias en conjunto es del 0.6%. La prevalencia entre los mayores de 60 años es del 5% para los varones y el 6% para las mujeres, aproximadamente. No se ha observado que la incidencia difiera en función del sexo, pero la mayor longevidad femenina se traduce en un mayor número de mujeres con enfermedad de Alzheimer (OMS, op. cit.).
Sigue sin conocerse la causa exacta de la enfermedad, aunque se han señalado varios factores, entre ellos los trastornos del metabolismo y la regulación de la proteína precursora de amiloide, las proteínas asociadas a las placas, las proteínas tau, el zinc y el aluminio (Drouet et al., 2000; Cuajungco y Lees, 1997).  El informe GBD 2000 estima que los AVAD debidos a las demencias ascienden al 0.8%,  y los APD al 2.0%. Con el envejecimiento de las poblaciones, sobre todo en las naciones industrializadas, es probable que este porcentaje experimente un rápido incremento en los próximos 20 años.

El costo de la enfermedad de Alzheimer para la sociedad es ya muy importante (Rice et al., 1993) y seguirá aumentando (Brookmeyer y Gray, 2000). Los costos directos y totales de este trastorno en los Estados Unidos se han estimado en 536 millones de dólares y 1,750 millones, respectivamente, para el año 2000 (OMS, op. cit.).

Retraso mental

El retraso mental es un estado de desarrollo detenido o incompleto de la mente, caracterizado por el deterioro de las habilidades y de la inteligencia en general en terrenos como las funciones cognitivas, el lenguaje y las capacidades motoras y sociales. Se denomina también discapacidad o minusvalía intelectual, y puede cursar solo o asociado a otros trastornos físicos o psíquicos. Aunque se caracteriza por un nivel de funcionamiento intelectual menor del normal, el diagnóstico de retraso mental sólo se hace si el individuo presenta también una menor capacidad para adaptarse a las exigencias diarias de un entorno social normal. Se clasifica como leve con un coeficiente intelectual (CI) de 50-69, moderado (CI: 35-49), grave (CI: 20-34) y profundo (CI por debajo de 20).  Las cifras de prevalencia varían considerablemente debido a la diversidad de criterios y métodos utilizados en las encuestas, así como a las diferencias en el intervalo de edad de las muestras. Se cree que la prevalencia global del retraso mental está comprendida entre el 1% y el 3%, con una tasa de retraso moderado, grave y profundo del 0.3%. Es más frecuente en los países en desarrollo, debido a la mayor incidencia de lesiones y anoxia en el periodo perinatal, así como de infecciones cerebrales en la primera infancia. Una causa frecuente de retraso mental es la carencia endémica de yodo, responsable del cretinismo (Sankar et al., 1998). La carencia de yodo constituye la principal causa aislada y prevenible de lesión cerebral y retraso mental en el mundo (Delante, 2000).

Trastornos de la infancia y la adolescencia

Contrariamente a la creencia popular, los trastornos mentales y del comportamiento son frecuentes durante la infancia y la adolescencia.  No se presta suficiente atención a esta parcela de la salud mental.  En un informe reciente, el Director General de Sanidad de los Estados Unidos (DHHS, 2001) señaló que su país se enfrenta a una crisis pública en la salud mental de los lactantes, los niños y los adolescentes.  Según el informe, uno de cada 10 niños sufre una enfermedad mental lo bastante grave como para causarle cierto grado de deterioro, pero menos de la quinta parte de ellos recibe el tratamiento necesario.  La situación en grandes zonas del mundo en desarrollo probablemente sea todavía menos satisfactoria.   La CIE-10 identifica dos amplias categorías específicas de la infancia y la adolescencia: los trastornos del desarrollo psicológico y los trastornos emocionales y del comportamiento.  Los primeros se caracterizan por la alteración o el retraso del desarrollo de funciones específicas como el habla y el lenguaje (dislexias) o un trastorno generalizado del desarrollo (v.gr., el autismo).  La evolución de estos trastornos es sostenida, sin remisiones ni recidivas,  aunque la mayoría tienden a mejorar con el tiempo.  El amplio grupo de las dislexias comprende los trastornos de la lectura y la escritura.  Su prevalencia no se conoce con certeza,  pero puede ser aproximadamente del 4% en la población en edad escolar (Spagna et al., 2000).  La segunda categoría, los trastornos emocionales y del comportamiento, comprende trastornos hipercinéticos (en la CIE-10), el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (en el DSM-IV, APA, 1994), los trastornos de la conducta y los trastornos emocionales de la niñez.  Además, muchos de los trastornos más frecuentes en la población adulta pueden iniciarse durante la infancia.  Ejemplo de ello es la depresión, que cada vez se detecta más entre los niños. La prevalencia global de los trastornos mentales y conductuales en la población infantil ha sido objeto de varios estudios en países desarrollados y en desarrollo. Aunque las cifras de prevalencia varían notablemente entre los estudios, parece que el 10%-20% de todos los niños tienen uno o más problemas mentales o del comportamiento.  Se impone hacer una salvedad a estas altas estimaciones de morbilidad en niños y adolescentes: la infancia y la adolescencia son fases del desarrollo, por lo que es difícil trazar fronteras nítidas entre los fenómenos propios del desarrollo normal y los que son anormales.  En muchos estudios se han utilizado listas comportamentales,  rellenadas por los padres y los profesores, para detectar los casos.  Esta información resulta útil para identificar a los niños que pueden necesitar una atención especial, pero no siempre se corresponden con un diagnóstico definido (OMS, op. cit.).    

Comorbilidad

Es muy frecuente que dos o más trastornos mentales coexistan en un mismo individuo,  al igual que sucede con los trastornos físicos, que también tienden a aparecer asociados con mucha mayor frecuencia de la que puede explicar el azar.  Esta situación es especialmente frecuente en edades avanzadas, cuando concurren varios trastornos físicos y mentales.  Los problemas de salud física no sólo coexisten con trastornos mentales como la depresión,  sino que pueden también predecir el inicio y la persistencia de ésta (Geerlings et al., 2000).  

Uno de los estudios metodológicamente bien fundados de una muestra representativa a nivel nacional se llevó a cabo en los Estados Unidos (Kessler et al., 1994) y demostró que la comorbilidad afectaba al 79% de todas las personas enfermas.  Dicho de otro modo, sólo el 21%de los pacientes padecían únicamente un trastorno mental.  Más de la mitad de todos los trastornos afectaban a lo largo de la vida al 14%de la población.  Estudios realizados en otros países han arrojado cifras similares, si bien no se dispone de mucha información de países en desarrollo. Es muy frecuente la coexistencia de los trastornos de ansiedad y de depresión; se observa aproximadamente en la mitad de los individuos que los padecen (Zimmerman et al., 2000).  Otra situación frecuente es la presencia de trastornos mentales asociados al consumo de sustancias psicoactivas y a drogodependencia.  De las personas que acuden a los servicios de asistencia a alcohólicos y drogodependientes, entre el 30%y el 90% padecen un “trastorno doble” (Gossop, et al.,  1998).  La tasa de trastornos por consumo de alcohol es también elevada entre las personas que acuden a los servicios de salud mental (Rachliesel et al., 1999) registraron un 65%, así como entre los pacientes esquizofrénicos (12%-50%). La importante comorbilidad tiene graves consecuencias para el diagnóstico, el tratamiento y la rehabilitación de los individuos afectados.  También la discapacidad de éstos y la carga que soportan las familias aumentan proporcionalmente (OMS, op. cit.).  

Suicidio

El suicidio es el resultado de un acto deliberadamente emprendido y ejecutado por una persona con pleno conocimiento o previsión de su desenlace fatal, y constituye hoy día un problema muy importante de salud pública.  Considerando la media de 53 países para los que se dispone de datos completos, la tasa de suicidio normalizada para la edad era de 15.1 por 100 000 en 1996.  Por sexos, era de 24.0 por 100 000 para la población masculina y de 6.8 por 100 000 para la femenina.  En casi todo el mundo la tasa de suicidio es mayor entre los varones, según una proporción acumulada de 3.5 a 1.   En los últimos 30 años, las tasas de suicidio parecen haber permanecido bastante estables en los 39 países que disponen de datos completos sobre el periodo 1970-1996, pero las actuales tasas acumuladas ocultan importantes diferencias en lo tocante a la distribución por sexos, grupos de edad o zona geográfica, así como a las tendencias a más largo plazo.   Desde el punto de vista geográfico, las variaciones en las tasas de suicidio difieren considerablemente.  Es probable que las tendencias en los megapaíses del mundo, es decir,  aquellos con más de 100 millones de habitantes, ofrezcan información fiable sobre la mor-talidad por suicidio.  Siete de los 11 megapaíses disponen de información relativa a los últimos 15 años.  Las tendencias oscilan desde un aumento de casi el 62% en México a un descenso del 17%en China; en los Estados Unidos y la Federación de Rusia la variación es del 5.3%, pero en sentidos opuestos. Es preciso hacer dos puntualizaciones: en primer lugar, probablemente sea sólo el tamaño de sus poblaciones lo que sitúa a estos países en la misma categoría, ya que difieren prácticamente en todos los demás aspectos.  En segundo lugar, la magnitud de la variación no refleja la magnitud real de las tasas de suicidio en estos países.  En el último año sobre el que hay datos, las tasas de suicidio iban desde 3.4 por 100 000 en México a 14.0 por 100 000 en China y 34.0 por 100 000 en la Federación de Rusia (OMS, et al.).

El suicidio es una de las principales causas de muerte entre los adultos jóvenes.  Es una de las tres causas principales de muerte en la población de 15 a 34 años. El suicidio predomina en el grupo de 15 a 34 años, en el que es la primera o segunda causa de muerte para ambos sexos.  Esto representa para la sociedad una pérdida masiva de personas jóvenes en los años productivos de su vida.  Sólo algunos países disponen de datos sobre intentos de suicidio: éstos indican que el número de intentos de suicidio puede ser hasta 20 veces superior al número de suicidios consumados.   Las lesiones autoinfligidas, incluido el suicidio, causaron aproximadamente 814 000 defunciones en el año 2000.  El informe GBD 2000 les atribuye el 1.3% de todos los AVAD (OMS, et al.). 

Es sabido que, en cualquier lugar, la disponibilidad de medios para suicidarse repercute notablemente sobre los suicidios consumados.  Esta influencia se ha estudiado sobre todo en relación con la disponibilidad de armas de fuego, y se ha observado una alta mortalidad por suicidio entre las personas que compraron poco antes armas de fuego (Wintemute et al., 1999).  De todas las personas que murieron por heridas de arma de fuego en los Estados Unidos durante 1997, el 54% fallecieron por suicidio (Rosenberg, et al.,  1999).   

Factores determinantes de los trastornos mentales y conductuales: la  pobreza

La pobreza y las condiciones asociadas de desempleo, bajo nivel de instrucción, privación y carencia de hogar no sólo abundan en los países pobres, sino que afectan también a una minoría considerable de habitantes de los países ricos.  Los datos de encuestas transnacionales llevadas a cabo en Brasil, Chile, India y Zimbabwe demuestran que la tasa de los trastornos mentales más frecuentes es aproximadamente dos veces los pobres que entre los ricos (Patel et al., 1999).  En los Estados Unidos se comprobó que el riesgo de trastornos era mayor en los niños de las familias más pobres, según una propor-ción de 2:1 para los trastornos del comportamiento, y de 3:1 para los trastornos comórbidos (Costello et al., 1996).  En una revisión de 15 estudios, la proporción mediana de la prevalencia general de trastornos mentales entre las categorías socioeconómicas inferior y superior era de 2.1:1 para la prevalencia en un año y de 1.4:1 para la prevalencia a lo largo de la vida (Kohn et al., 1998).  Se han registrado resultados similares en estudios recientes de América del Norte, América Latina y Europa (Consorcio Internacional de la OMS en Epidemiología Psiquiátrica, 2000). Se sabe que la depresión es más frecuente entre los pobres que en la población rica. Existen también pruebas de que la evolución de los trastornos está determinada por la situación socioeconómica del individuo (Kessler et al.,  1994; Saraceno y Barbui, 1997).  Ahí podrían intervenir variables relacionadas con los servicios, como por ejemplo barreras en el acceso a la asistencia.  Los países pobres disponen de pocos recursos para la asistencia psiquiátrica, y éstos a menudo quedan fuera del alcance de los segmentos más pobres de la sociedad.  Incluso en los países ricos, la pobreza y los factores asociados, como la falta de cobertura del seguro médico, los menores niveles de instrucción, el desempleo, y la situación de minoría racial, étnica o idiomática, alzan barreras infranqueables para el acceso a la asistencia. En la mayor parte de los trastornos mentales el desfase terapéutico es grande,  pero para la población pobre es enorme. Además, las personas pobres revelan a menudo aspectos problemáticos de su salud mental cuando solicitan tratamiento por trastornos físicos (OMS, op. cit.)

Sexo

En el estudio de la prevalencia, las causas y la evolución de los trastornos mentales y conductuales se está prestando cada vez más atención a las diferencias en función del sexo. En siglos anteriores era mayor la proporción de mujeres entre los internos de hospitales psiquiátricos y otros centros de tratamiento, pero no se sabe con certeza si los trastornos mentales eran realmente más frecuentes entre las mujeres, o si éstas eran internadas con mayor frecuencia para recibir tratamiento.   Estudios recientes de ámbito comunitario y metodológicamente bien fundados han puesto de manifiesto algunas diferencias interesantes. La prevalencia global de trastornos mentales y del comportamiento no parece diferir entre la población masculina y la femenina.  Sin embargo, la ansiedad y la depresión son más frecuentes entre las mujeres, mientras que los trastornos relacionados con el uso de sustancias psicoactivas o los de personalidad antisocial son más frecuentes entre los hombres (Gold, 1998).  Casi todos los estudios muestran una mayor prevalencia de trastornos de depresión y ansiedad entre las mujeres, en una proporción comprendida habitualmente entre 1.5:1 y 2:1.  Se han observado resultados similares no sólo en países desarrollados, sino también en cierto número de países en desarrollo (Patel, et al., 1999; Pearson, 1995).  Es interesante señalar que las diferencias entre las tasas de depresión de la población masculina y la femenina guardan una estrecha relación con la edad; las diferencias son máximas en la vida adulta, no existen en la infancia y son escasas en los ancianos (OMS, op. cit.). 

Edad

La edad es un importante factor determinante de los trastornos mentales.  Ya se han descrito brevemente los trastornos mentales que afectan a los niños y adolescentes.  También en la población anciana se observa una alta prevalencia de trastornos. Además de la enfermedad de Alzheimer, ya comentada, las personas de edad padecen también otros trastornos mentales y del comportamiento. En conjunto, la prevalencia de algunos trastornos tiende a aumentar con la edad.  Entre ellos predomina la depresión,  frecuente en la población anciana: los estudios indican que entre el 8% y el 20% de estas personas son atendidas en la comunidad, y el 37% de las atendidas en el nivel primario padecen depresión.  En un estudio reciente basado en una muestra comunitaria de personas mayores de 65 años se registró una tasa de depresión del 11.2% (Newman, et al., 1998). Sin embargo, en otro estudio también reciente, la prevalencia puntual de los trastornos depresivos era del 4.4% en las mujeres y del 2.7% en los varones, aunque las cifras correspondientes para la prevalencia a lo largo de la vida eran del 20.4% y del 9.6%.  La depresión es más frecuente en las personas ancianas con problemas de discapacidad física (Katona y Livingston, 2000).  La presencia de depresión aumenta la discapacidad en esa población.  En las personas de edad, los casos de depresión que quedan sin diagnosticar son incluso más frecuentes que en los adultos jóvenes, porque a menudo se consideran erróneamente manifestaciones del envejecimiento (OMS, op. cit.).   

Conflictos y desastres

Los conflictos, en particular las guerras y la agitación social, y los desastres naturales afectan a gran número de personas y ocasionan problemas mentales.  Se estima que hay en el mundo unos 50 millones de refugiados o desplazados internos.  Además, millones de personas se ven afectadas por desastres naturales como terremotos, inundaciones, tifones, huracanes y otras calamidades similares a gran escala (IFRC, 2000).  Estas situaciones se cobran un oneroso tributo a costa de la salud mental de las personas afectadas, en su mayoría habitantes de países en desarrollo, donde la capacidad para hacer frente a estos problemas es sumamente limitada.  Entre una tercera parte y la mitad de las personas afectadas sufren angustia. El diagnóstico más frecuente es el de trastorno de estrés postraumático (TEPT),  que a menudo se acompaña de depresión o ansiedad.  Además, la mayoría de los individuos refieren síntomas psicológicos que no llegan a adquirir la entidad de trastornos.

El TEPT surge después de un suceso angustioso de naturaleza excepcionalmente peligrosa o catastrófica, y se caracteriza por recuerdos intrusos, evitación de las circunstancias asociadas con el factor estresante, trastornos del sueño y un estado de alerta excesiva.  Según el informe GBD 2000, la prevalencia puntual del TEPT en la población general es del 0.37%. Se ha cuestionado el diagnóstico de TEPT por considerarlo específico de determinadas culturas, y también por formularse con demasiada frecuencia.  De hecho, se ha argumentado que el TEPT es una categoría diagnóstica inventada sobre la base de necesidades sociopolíticas (Summerfield, 2001).

Pese a las dudas sobre la idoneidad de este diagnóstico,  existe acuerdo general en cuanto a la importancia global de la morbilidad mental en las personas expuestas a traumas graves. Los estudios realizados en víctimas de desastres naturales revelan también altas tasas de trastornos mentales.

En China, un estudio reciente registró una tasa elevada de síntomas psicológicos y una mala calidad de vida en los supervivientes de terremotos. Demostró también que el apoyo brindado después del desastre mejoraba el bienestar de los afectados (Wang, et al.,  2000).

Enfermedades físicas graves

La existencia de enfermedades físicas graves afecta tanto a la salud mental de los individuos como a la de familias enteras. La mayoría de las enfermedades muy discapacitantes o potencialmente mortales, como los cánceres tanto en hombres como en mujeres, tienen este impacto.  En el caso del sida, se está propagando rápidamente en muchas zonas del mundo.

A finales del año 2000,  36.1 millones de personas padecían la infección por el VIH/SIDA y 21.8 millones ya habían fallecido (UNAIDS, 2000).  De los 5.3 illones de nuevas infecciones en el año 2000,  una de cada 10 afectó a niños, y casi la mitad a mujeres.  En 16 países del África subsahariana, más del 10% de la población en edad fecunda está infectada actualmente por el VIH.  La epidemia ha reducido el crecimiento económico y está acortando la esperanza de vida hasta en un 50% en los países más afectados.

En muchos países, la infección por el VIH/ SIDA se considera hoy día una amenaza para la seguridad nacional.
Al no existir vacuna ni tratamiento curativo, la prevención de la transmisión sigue siendo la respuesta principal, y la asistencia y el apoyo a los infectados por el VIH ofrecen un punto crítico de acceso (OMS, op. cit.).

Factores familiares y ambientales

Los trastornos mentales están firmemente enraizados en el entorno social del individuo, y su aparición, evolución y pronóstico dependen de diversos factores sociales.
Durante su vida, las personas atraviesan por una serie de acontecimientos significativos,  tanto menores como de gran importancia.  Pueden ser, además, favorables (como un ascenso laboral) o adversos (por ejemplo, la pérdida de un ser querido o la quiebra de un negocio).  Se ha constatado la acumulación de acontecimientos vitales inmediatamente antes de la aparición de trastornos mentales (Brown, et al., 1972; Leff et al., 1987).
Aunque son los acontecimientos adversos los que predominan antes de la aparición o la recidiva de los trastornos depresivos, en el caso de otros trastornos mentales se observa una mayor frecuencia de todo tipo de acontecimientos (adversos y favorables).
Los estudios indican que todos los acontecimientos significativos de la vida actúan como factores estresantes y que, al sucederse de forma rápida, predisponen al individuo a los trastornos mentales. El efecto no se limita a dichos trastornos: también se ha demostrado su asociación con ciertas enfermedades físicas, como el infarto de miocardio.
Los acontecimientos vitales sólo son, claro está, uno de los diversos factores (como la predisposición genética, la personalidad y las aptitudes de afrontamiento) que intervienen en la génesis de los trastornos.
El interés de las investigaciones sobre los acontecimientos vitales reside esencialmente en identificar a los individuos que corren mayor riesgo porque experimentan acontecimientos vitales importantes en rápida sucesión (por ejemplo, pérdida del trabajo, pérdida del cónyuge y cambio de residencia).  En un principio se observó este efecto en la depresión y la esquizofrenia, pero ulteriormente se ha constatado una asociación entre los acontecimientos vitales y algunos otros trastornos y alteraciones mentales y del comportamiento. Destaca entre ellos el suicidio (OMS, 2001).

La Psicopatología en México

Población adulta

En 1994, los resultados obtenidos de la Encuesta Nacional de Adicciones realizadas en zonas urbanas, detectaron la prevalencia de trastornos mentales entre el 15 y el 18% de la población en general; en esta encuesta se observa que la depresión es el trastorno más frecuente tanto en hombres como en mujeres. Los resultados del estudio concuerdan con los realizados en otros países e indican que una de cada seis personas sufrirá un problema de salud mental que podría requerir atención médica especializada; esto significa que en nuestro país padecen trastornos mentales aproximadamente 15 millones de personas, lo que equivalía a una sexta parte de nuestra población (véase cuadro 7).

Cuadro 7. Prevalencia de trastornos psiquiátricos en población adulta
en zonas urbanas en 1994. México

Trastorno

Hombres

Mujeres (%)

Total (%)

1.Depresión

4.9

9.7

7.8

2. Epilepsia

3.4

3.9

3.7

3. Probable psicosis

3.2

2.6

2.8

4. Probables trastornos limítrofes

1.6

0.8

1.1

5. Trastorno obsesivo

1.6

3.0

2.5

6. Probable esquizofrenia

1.2

0.9

1.0

7. Manía

0.3

0.2

0.2

8. Psicosis inespecífica

0.7

0.6

0.6

9. Trastorno bipolar

0.7

0.6

0.6

10. Trastorno de ansiedad

0.3

1.6

1.1

Fuente: Caraveo y Cols. Características psicopatológicas de la población urbana adulta en México. Resultados de una Encuesta Nacional en Hogares. AN. Instituto Mexicano de Psiquiatría, 1994.

Algunos estudios que han analizado las barreras para buscar atención, demuestran que las principales razones para no hacerlo están relacionadas con la poca credibilidad que se le da al tratamiento médico, con 58% de hombres y 68% de mujeres con esta percepción; 16% y 22%, respectivamente, opinan que el acceso a los servicios de salud es difícil; 8% y 14% opinan que falta información para el paciente. Estas barreras están relacionadas con el bajo nivel de escolaridad e ingresos de las familias y con la estigmatización de los trastornos mentales (Secretaría de Salud, 2002).

Población infantil y adolescente

Estudios en México reportan alrededor de 15% de prevalencia de trastornos psiquiátricos en niños, esto indica que cinco millones de niños y niñas sufrían algún problema de salud mental en 1994; de este total, la mitad de la población infantil requiere de una atención especializada e integral (Ibid.).

La Encuesta Nacional de Salud de 1988, única que existe en su especialidad, detectó que el grupo de edad entre 15 y 24 años es de alto riesgo, ya que la incidencia anual de accidentes y acciones violentas, muchas de ellas vinculadas a problemas de salud mental, alcanzó 2.3% en la población masculina y 0.6% en la femenina. Los problemas psiquiátricos que con más frecuencia se detectaron fueron caracterizados por angustia y depresión, así como intentos de suicidio y suicidios consumados. Se observa que la mayoría de las personas que atentan contra su vida padecen más de un problema mental, y que 35% de estos jóvenes abusan de sustancias.

Depresión

La depresión se clasifica dentro de los trastornos del afecto y se caracteriza por cambios involuntarios del estado de ánimo que ocasionan una disfunción significativa del individuo que la padece. Se calcula que afecta a cerca de 340 millones de personas en el mundo. Actualmente se considera como una de las enfermedades más discapacitantes. Está presente en una de cada diez personas que acuden a servicios de atención primaria y generalmente no es identificada y mucho menos atendida con oportunidad. En México se estima una prevalencia de 12% a 20% entre la población adulta de 18 a 65 años. Considerando el número de adultos en México, se puede inferir que más de diez millones de mexicanos sufrirán depresión en algún momento de sus vidas; en México, según la OMS (1995), la prevalencia es de 5.2 hombres por cada 10 mujeres que la padecen. Por otro lado, más de 55% de los pacientes han presentado dos o más episodios depresivos, lo que hace que se le considere como un trastorno crónico. La edad media de inicio de un episodio depresivo es de 25 a 40 años, por lo que la depresión afecta en las edades más productivas de la vida. Una de las complicaciones más temidas de la depresión es el suicidio, existiendo hasta 60% de vinculación entre éste y la depresión. El suicidio es la causa de muerte de más de un millón de personas al año en el mundo; en nuestro país, datos de 1997, estiman que cerca de 6% de la población adulta ha intentado suicidarse en algún momento de su vida (Secretaría de Salud, 2002).

Esquizofrenia

La esquizofrenia es una enfermedad psiquiátrica crónica, controlable en la mayoría de los casos, más no curable, cuya detección temprana y atención oportuna repercute significativamente en el impacto que el padecimiento genera al paciente y su sociedad; es un trastorno psiquiátrico severo que se inicia, en más de 70% de los casos, en la adolescencia y en el adulto joven. Se caracteriza por alteraciones del pensamiento, de la sensopercepción, del afecto y de la conducta, principalmente. Se trata de un padecimiento crónico que puede producir un grado de discapacidad en 80% de los afectados, si no son detectados y atendidos oportunamente. Los costos que produce a la sociedad son muy importantes, de hecho en Estados Unidos se calcula un gasto de 65 mil millones de dólares anuales por concepto de esta enfermedad. Se estima que la prevalencia de la esquizofrenia es de 1% en la población mayor de 15 años, lo que representaría 45 millones de personas en el mundo que padecen esquizofrenia. En México la prevalencia de la esquizofrenia es de 0.7%, lo que coincide con los reportes recientes de la OMS sobre este padecimiento en el mundo, por lo que en nuestro país hay medio millón de esquizofrénicos; esta cifra no incluye a individuos de riesgo para desarrollar el padecimiento (Ibid.).

Demencias

Las demencias son trastornos neurodegenerativos que se caracterizan por una alteración global de las funciones mentales, cuyo origen está en causas diversas. Las demencias se están convirtiendo en el tercer problema de salud en países desarrollados, después de las enfermedades cardiovasculares y cerebrovasculares. Las principales formas de demencia son la enfermedad de Alzheimer (EA) que representan entre 50 y 70% del total; la demencia vascular con un 30 a 50% y otras formas de demencia, algunas asociadas a patología sistémica como es el caso de la diabetes e hipotiroidismo; infecciones, como el complejo cognitivo motor asociado al SIDA; enfermedad de CreutzfeldtJakob y entidades nosológicas específicas de causa degenerativa y/o genética como la enfermedad de Pick, demencia frontotemporal, demencia tipo Lewy y otras. Pocas afecciones repercuten tanto sobre la calidad de vida del enfermo y su familia como los padecimientos demenciales, y en particular el más frecuente de ellos, la enfermedad de Alzheimer (Ibid.).

Epilepsia

El término epilepsia se utilizó en la antigüedad para referirse a una persona que perdía súbitamente el conocimiento o tenía una crisis convulsiva; actualmente un mejor conocimiento del padecimiento permite distinguir entre una crisis epileptiforme de una crisis epiléptica, ya que la primera puede ser simplemente un síntoma reactivo a una condición cerebral aguda como fiebre y trauma, mientras que la segunda es una crisis recurrente no provocada. La importancia de reconocer la diferencia tiene como consecuencia un distinto manejo y pronóstico; el 10% de la población presenta crisis epileptiformes y solamente del 1 a 2% llegará a desarrollar epilepsia. La OMS define a la epilepsia como una afección crónica de etiología diversa, caracterizada por crisis recurrentes, debidas a una descarga excesiva de las neuronas cerebrales, llamadas crisis epilépticas asociadas a manifestaciones clínicas. Diversos estudios sitúan la prevalencia de la epilepsia entre el 1 y 2% de la población, estas diferencias pueden deberse a cuestiones étnicas y demográficas de las poblaciones estudiadas; en un estudio realizado en México en 1991, se encontró una prevalencia de 1.4% de la población, lo que significa que existe aproximadamente un millón de pacientes con epilepsia (Ibid.).

Psicopatología infantil y de la adolescencia

La población infantil en México se estima en más de 33 millones de niños, de los que un 15% tiene algún problema de salud mental; esto señala que aproximadamente cinco millones de niños presentan trastornos mentales y de éstos, 2.5 millones requieren de una atención especializada (Ibid.).

Trastorno por déficit de atención

El trastorno por déficit de atención (TDA) es la afección neuropsiquiátrica más frecuentemente diagnosticada en la población infantil. Se caracteriza por la presencia de inatención e impulsividad; puede darse con o sin hiperactividad en diversos grados, lo que afecta el rendimiento escolar de 7 de cada 10 pacientes, con una comorbilidad frecuente con trastornos conductuales como el síndrome oposicionistadesafiante y el trastorno disocial, así como con trastornos del estado de ánimo, de ansiedad y del aprendizaje; lo que impacta de una manera importante en la relación social y familiar. En términos conservadores se estima una prevalencia del 4% en población infantil y adolescente, por lo que en nuestro país existen aproximadamente 1,500.000 niños y adolescentes con este problema; cifra que podría duplicarse, si se toma en cuenta a los adultos que continúan padeciendo TDA. Actualmente se calcula que 50% de los niños que acuden a un servicio de consulta externa en un centro de salud mental de segundo nivel de atención, presenta este trastorno. Hace algún tiempo se pensaba que dicho trastorno desaparecía en la etapa de la adolescencia; sin embargo, aun en más del 50% de los casos la enfermedad perdura hasta la edad adulta, lo que aumenta el número de personas con este padecimiento (Ibid.).

Enfermedad de Parkinson

En el grupo de las enfermedades neurodegenerativas se encuentran aquellas enfermedades o síndromes que involucran la postura y los movimientos, como la enfermedad de Parkinson y los síndromes Parkinsónicos. La enfermedad de Parkinson se incluye dentro del rubro de enfermedades hereditarias, donde existe una alteración en el cromosoma 4, que afecta núcleos específicos dentro del sistema nervioso central (SNC). Los síndromes parkinsónicos se inscriben dentro del rubro de trastornos de la postura y de los movimientos secundarios a una enfermedad sistémica o sustancia que afecta de manera directa el SNC, específicamente aquellos núcleos donde se produce el neurotrasmisor, dopamina, que se manifiesta con la sintomatología descrita. La prevalencia es de 1 a 2% en la población en personas mayores de 65 años, un 15% de las personas en edades entre los 65 y los 74 y más de la mitad de todos los mayores de 85 años presentan a la exploración neurológica anomalías compatibles con trastornos extrapiramidales. Se estima que en nuestro país existen alrededor de 400 mil personas que padecen esta enfermedad. En México la incidencia se estima en 44 casos nuevos por cada 100 mil habitantes, de los cuales la mayor parte de éstos son síndromes Parkinsónicos secundarios a lesión del SNC (Ibid.).

Las características clínicas de la enfermedad son el temblor de reposo, rigidez, lentitud en el movimiento, alteración en las funciones mentales como depresión con o sin ideación suicida, ansiedad y psicosis, entre otras. Con frecuencia la primera manifestación del padecimiento es la depresión, por lo que su diagnóstico en las primeras etapas es difícil de realizar y no es hasta que se agregan los movimientos anormales que se sospecha de esta enfermedad (Ibid.).

Estudios Recientes que Llevan a la Búsqueda de Sentido en México

En una encuesta aplicada entre octubre y noviembre del 2001 a 1540 personas de los estados de Puebla,. Oaxaca, Veracruz, Tlaxcala, Edo. De México y Distrito Federal, en regiones urbanas, semiurbanas y rurales, se aplicó un cuestionario donde el tema fundamental a descifrar era el concepto de felicidad que tienen las personas. A partir de este cuestionario emanaron resultados que pueden ser extrapolados para tener una visión aproximada de lo que es el sentido de la vida para los entrevistados.

Los resultados se presentan en el cuadro a continuación:

Cuadro 8. Frecuencia para el referente conceptual de la felicidad y bienestar

Referente Frase Porcentaje

Estoica

“La felicidad es aceptar las cosas como son”

14.6

Virtud

“La felicidad es el sentimiento que resulta de actuar correctamente en relación con los demás”

8.2

Hedonismo

“La felicidad es disfrutar de lo que uno ha conseguido en la vida”

14.0

Carpe Diem

“La felicidad es vivir el momento”

11.6

Satisfacción

“La felicidad es la satisfacción por lo que tengo
y lo que soy en la vida”

24.2

Utópica

“La felicidad es un ideal al que tratamos
de acercarnos”

7.7

Tranquilidad

“La felicidad es vivir tranquilamente sin buscar más allá de lo que uno puede lograr”

8.1

Realización

“La felicidad es desarrollar plenamente nuestras capacidades”

11.7

Total

 

100.0

Fuente: León Garduño, et al. Calidad de vida y bienestar subjetivo en México, Ed. Plaza y Valdés, México, 2005.

De esta información podemos inferir lo siguiente:

  • El grueso de los entrevistados nos indican que confunden ser con tener, y placer con felicidad. Esto es, el 72.5% de los encuestados se encuentran en esta situación, por lo que la sugerencia para ellos sería que trabajaran grupal o individualmente la técnica de la búsqueda de sentido.
  • El 7.7% de los entrevistados no tienen claridad y piensa utópicamente en lo que podría ser su vida.
  • Finalmente, sólo el 19.8% de la población tienen claridad acerca del sentido de sus vidas.

En una encuesta realizada en enero de 2001 en El Centro de Idiomas de la Volkswagen a 443 personas, la mayoría con ingresos medios o altos (el 76% ganaba arriba de 7 mil pesos mensuales), se encontró que la correlación existente entre felicidad y satisfacción de necesidades, era de 0.30 y la correlación entre felicidad e ingreso era de 0.0.5. De esta manera, al crecer las necesidades satisfechas crece también el bienestar subjetivo. Por otra parte, la relación entre ingreso y felicidad indica que éste no ejerce una influencia importante en dicho bienestar subjetivo.

Existe un dato a considerar que llama la atención. Si bien para la gente aparentemente es suficiente con el ingreso obtenido, aunque no satisfaga sus necesidades, cuando se relacionó la información con el bienestar psicológico, se obtuvo lo siguiente:

Cuadro 9. Felicidad y bienestar psicológico

Autoaceptación

0.47**

Relaciones positivas con los demás

0.32**

Habilidad para controlar el ambiente

0.24**

Crecimiento personal

0.18**

Autonomía

0.06

Propósito de la vida

0.05

** Significante al 99% de confianza.

Fuente: León Garduño, et al. Calidad de vida y bienestar subjetivo en México,
Ed. Plaza y Valdés, México, 2005.

La correlación ente felicidad y bienestar psicológico nos indica que, en los rubros que vienen en el cuadro, la correlación es baja. Siendo más notorio en el caso del propósito en la vida. O sea, los entrevistados tienen casi un  nulo sentido de vida, de autonomía y de crecimiento personal.

Esto, desde el punto de vista logoterapeútico, nos indica que este rango de la población debe trabajar también con la técnica de búsqueda de sentido.