La diversidad de conductas: ¿Por qué las personas piensan, sienten y actúan de forma distinta ante un mismo acontecimiento?

Si observamos el comportamiento de un grupo de personas ante un suceso cualquiera de la vida cotidiana es bastante habitual apreciar que no existe una total coincidencia entre ellas, lo normal es que presenten diferencias y, en ocasiones, se manifiestan comportamientos opuestos (si se analizan los diversos comportamientos en grupos de personas bastante amplios, puede observarse que siempre se distribuyen en una curva del tipo de campana de Gauss). Basta con escuchar los comentarios de los asistentes a una película para oír opiniones distintas y sentimientos distintos entre ellos. Lo mismo ocurre con cualquier producto comercial lanzado al mercado o las intenciones de voto en unas elecciones. Es muy difícil que se dé la uniformidad. Esto incita a preguntarnos: ¿por qué todas las personas no responden y actúan igual ante un mismo acontecimiento si están compartiendo todas ellas un mismo ambiente?, ¿por qué a unas les afecta emocionalmente más que a otras?, ¿dónde radican estas diferencias personales?

Un primer acercamiento a estas cuestiones es averiguar si esta diversidad cumple alguna función o tiene alguna utilidad y, a su vez, si es necesario e imprescindible que exista una diversidad de conductas en los grupos humanos que conviven en un mismo entorno. Una respuesta sólidamente fundamentada puede obtenerse a partir de la observación de la Naturaleza. Si nos fijamos en los sistemas naturales que nos rodean es fácil advertir que se da una gran diversidad de formas, estructuras, funciones, relaciones, etc. que dan lugar a rituales, funcionamientos y conductas distintas, lo que nos lleva a la conclusión de que la Naturaleza, para preservar la supervivencia de los sistemas biológicos ha impuesto la estrategia de la diversificación frente a la uniformidad (el mundo animal y vegetal se divide en numerosos géneros, especies, familias, cada uno de ellos con sus rituales y comportamientos particulares). Esta estrategia se traduce en la tendencia a que la conducta cubra toda la gama de posibilidades que permita la naturaleza del propio sistema biológico actuante y el entorno en que vive. En este sentido, uno de los principios de la Teoría General de Sistemas señala que: “El comportamiento de un sistema biológico depende de su naturaleza física y de las condiciones del entorno donde tiene lugar éste. Estos elementos proporcionan el número de comportamientos permitidos -grados de libertad- que pueden darse”.

Si nos fijamos en el comportamiento de los sistemas físicos, como lanzar una moneda al aire, ésta tiene dos posibilidades (dos grados de libertad): cara o cruz, y la probabilidad de cada una es del 50%, sin embargo, el que salga una determinada cara si lo que lanzamos es un dado de seis caras es del 16%. Pero, ¿qué ocurre cuando los elementos que forman un sistema dinámico tienen numerosos grados de libertad, es decir, cuando existen numerosos estados posibles? En estos casos pueden aparecer multitud de posibilidades distintas. Esta situación, traducida al comportamiento de los sistemas biológicos, trae como consecuencia la capacidad de presentar una gran diversidad de respuestas distintas a un mismo estímulo en virtud de los grados de libertad permitidos al tipo de sistema.

En el caso de la especie humana, es evidente que al ser un sistema biológico dinámico y complejo, el número de grados de libertad, esto es, el número de respuestas posibles que pueden generarse ante un acontecimiento es enorme. Atendiendo a esto, puede decirse que la diversidad de conductas ante un mismo acontecimiento es un fenómeno “natural” y “normal”, lo “anormal” sería un comportamiento uniforme. Sólo en grupos pequeños de personas y ante sucesos muy simples o amparados por alguna ley física (por ejemplo, el hecho de que al lanzar una piedra hacia arriba ésta caerá indudablemente) sería más probable alcanzar la uniformidad. Siguiendo este planteamiento es fácil advertir que, ante un mismo suceso:

  1. No todos opinamos igual.
  2. No todos nos sentimos afectados emocionalmente con la misma intensidad.
  3. No todos elegimos la misma respuesta.

Un aspecto relevante a tener en cuenta es que la conducta humana no es determinista y, a diferencia del resto de especies animales cuyas posibilidades de comportamiento son muy limitadas, goza de un elevado número de grados de libertad. Sin embargo, la mera observación de la conducta de las personas permite afirmar que ésta no es caótica, existen ciertas pautas de comportamiento que se repiten con bastante frecuencia, por lo que debe existir algún mecanismo que organice la conducta y sea común al género humano, es decir, deben existir unas instrucciones que sigue la mente para organizar y dirigir la conducta de las personas, y son las diferencias en estas instrucciones (que en su conjunto formarían una especie de “sistema operativo” a similitud de los procesos informáticos) el factor que define la singularidad de la conducta de cada persona.

Al no estar la conducta humana totalmente determinada ni ser caótica hace que deba tratarse desde una perspectiva probabilística dada su sensibilidad a los cambios, pues nuestra vida se desarrolla en un supersistema donde abundan los elementos y las relaciones complejas entre todos, de forma que un solo cambio en uno de ellos puede ocasionar un gran cambio en nuestra vida (un despido del trabajo puede afectar a la autoestima, a las relaciones familiares, laborales o de amistad, a la economía domestica, a las actividades de ocio, etc.). La conducta en respuesta a un hecho no tiene por qué ser siempre la misma, pues al cambiar las circunstancias de la persona o del entorno puede cambiar la respuesta (ambos están cambiando continuamente, pues son sistemas dinámicos, y la existencia de ciertos patrones de conducta sólo sirve para incrementar la probabilidad de que se dé la conducta marcada por el patrón, pero no necesariamente).

Visto el planteamiento anterior, una forma de afrontar la cuestión de la diversidad de conductas sería la de centrarnos en los fenómenos mentales involucrados y en las diferencias personales que pueden apreciarse en cada uno de ellos. Entre los fenómenos más relevantes, siguiendo el orden de procesamiento mental de la información, están: la percepción, la interpretación, la valoración, la elección de la respuesta y el impulso a la acción. El análisis de estos procesos nos dará pistas para comprender por qué las personas piensan, sienten y, en consecuencia, actúan de distinta forma ante un mismo acontecimiento.

A) ¿POR QUÉ NO OPINAMOS TODOS IGUAL?

En principio y siguiendo lo expuesto anteriormente la respuesta parece sencilla: porque es muy probable que no percibamos la misma información del suceso y/o porque no le demos el mismo significado a lo percibido. Analicemos cada uno de estos factores:

a) La percepción del entorno a través de los órganos sensoriales es la puerta de entrada a nuestro sistema biológico de la información que éste nos muestra. Estos órganos son los encargados de la recepción de los estímulos del entorno que marcan el aspecto del mundo concreto que percibimos, un  aspecto que es propio del ser humano, pues otros animales con órganos sensoriales distintos a los nuestros, perciben el mundo de forma distinta a la nuestra. Los factores esenciales del proceso de percepción son la selección de la información (a través de la atención) y la codificación y organización en tramas neuronales de la misma.  Cada persona selecciona y organiza la información de manera diferente en virtud de lo percibido y de sus particulares estructuras cerebrales.

Una primera diferencia está en la cantidad de información que la persona capta del estímulo percibido (inputs), esto es, de su amplitud de aprehensión, que es la cantidad de información correctamente identificada y recordada tras una exposición sensorial breve (visión, audición, etc.) que genera una representación fáctica de la realidad en la mente. Como los órganos sensoriales encargados de la percepción presentan diferencias en cada persona (dependen en gran medida de su ADN), tendrán también distinta capacidad de captación de los estímulos (imágenes, sonidos, sabores, etc.). Igualmente, como no es posible aprehender toda la inmensa cantidad de información disponible sobre un suceso, mediante el mecanismo de la atención los órganos sensoriales captan sólo una parte concreta del mismo, que es la parte que se considera más importante y que puede procesar con eficacia y, en virtud de ésta, obtendrá más o menos información (en una habitación una persona puede captar diez objetos en los que fija su atención, mientras que otra puede fijarla en veinte, lo que incrementa los inputs de información a procesar).

También es fácil apreciar que los estímulos externos percibidos de un suceso concreto nunca son idénticos para dos o más personas que lo observan al estar vinculados al espacio y al tiempo. Una propiedad natural de la materia es la extensión, es decir, que toda cosa material es extensa, tiene masa. En consecuencia, dos objetos no pueden ocupar un mismo espacio al mismo tiempo, por tanto, dos personas que al mismo tiempo observan una cosa, no tienen la misma percepción de ella, pues la están viendo desde puntos espaciales distintos y desde perspectivas distintas, y con ello, obtendrá información del entorno distinta. Del mismo modo, si dos personas ocupan un mismo lugar pero en tiempos distintos, la percepción de este lugar tampoco será la misma, pues entre un momento y otro habrán ocurrido cambios en el entorno. La necesaria diversidad en cuanto a la información percibida da lugar a las diferencias de percepción (dp).

b) El segundo paso es la interpretación de la información percibida. La representación fáctica de la realidad obtenida en el proceso anterior debe integrarse y “acoplarse” de forma coherente con la información almacenada en la memoria relacionada con el suceso para obtener un significado del mismo (el cerebro mezcla los estímulos que percibe con otros pensamientos y emociones almacenados en la memoria, pues los circuitos neuronales se entremezclan, generando interpretaciones de la realidad subjetivas, es decir la persona ve "su" realidad, no "la" realidad, aunque normalmente ambas suelen coincidir). En esta labor intervienen mecanismos mentales de gran importancia (una especie de “operadores cognitivos”) como la lógica, la deducción, inducción, algoritmos, semántica, sintaxis, etc. El procesamiento de la información entrante junto a la almacenada en la memoria formada por los conocimientos, experiencias y  vivencias de la persona relacionadas con el suceso constituye el sustrato del programa mental cuya misión es agrupar y relacionar de forma coherente  los datos necesarios para formar la representación psicológica del suceso percibido y cuya interpretación generará un significado. Pero la interpretación no se basa únicamente en operaciones cognitivas sobre la información disponible, también incluye en ellas a las creencias asimiladas y consolidadas como fruto de estas relaciones y, además, intervienen los valores que guían a la persona en sus relaciones con el entorno (libertad, respeto, honestidad, confianza, etc.) y el lugar que ocupan en la jerarquía de valores de cada persona.

La interpretación de los sucesos tiene una gran importancia en la conducta de las personas, pues éstas no responden directamente al estímulo, sino a su significado. En este sentido, cabe señalar que en la naturaleza no existen conceptos como sufrimiento, honor, lealtad, justicia, amistad, etc. Todos ellos son creación del hombre y, por tanto, sujeto a diferentes interpretaciones y, aunque suele existir coincidencia en el significado semántico de estos conceptos, la diferencia puede surgir al relacionarlos con un suceso concreto, pues mientras un suceso es una realidad física observable por cualquier persona (y existe incluso con independencia de que haya alguien que lo observe), la interpretación del mismo es un fenómeno mental que depende del observador, y según sus conocimientos, experiencias, vivencias, sistema de valores y las circunstancias ambientales que rodean al suceso le asignará un significado. La clave está en cómo se procesa toda la información disponible en el cerebro de cada persona y ello depende de las instrucciones que contenga su “programa mental” para su interpretación y de la capacidad de procesamiento de la mente (capacidad de las redes neuronales para facilitar con rapidez y eficacia el tránsito del flujo de información a través de las distintas estructuras cerebrales) para establecer relaciones entre conceptos y configurar un significado.

También debemos tener en cuenta la existencia de aspectos emocionales asociados a las experiencias adquiridas durante la vida y relacionadas con el suceso que provocan una reacción emocional ante su presencia. El estado emocional favorece una interpretación de un estímulo que sea coherente con este estado. Las emociones tienen la entidad suficiente para imponerse a una interpretación “lógica” y pueden provocar distorsiones en la manera en que el cerebro interpreta lo que percibimos, haciendo que haya más probabilidades de que se le aplique una interpretación emocionalmente cargada antes que una más realista (un claro ejemplo es la conducta de las personas enamoradas, que pueden llegan a justificar acciones inadecuadas del otro).

Dado que las variables que intervienen en el proceso de interpretación: conocimientos sobre el asunto, vivencias, creencias, valores involucrados y sesgos emocionales pueden presentar diferencias en cada persona, el procesamiento de la información para la interpretación dará lugar a las diferencias de significado (ds).

B) ¿POR QUÉ NO SENTIMOS LO MISMO?

Porque la afectación emocional depende de la valoración subjetiva que tenga el suceso para nosotros, esto es, de cómo nos afecte a nivel personal. La persona puede asociar al significado obtenido unas consecuencias inmediatas o futuras para ella misma o para su entorno, que podrán ser positivas o negativas, trascendentes o intrascendentes, simples o complejas, agradables o desagradables, etc., y que se manifiestan en forma de emociones.  Hay que tener en cuenta que las personas al explicarse un suceso proyectan en éste sus propias necesidades, impresiones y valoraciones. Un mismo hecho, como es el fallecimiento de una persona, puede entenderse como un suceso negativo para los familiares atendiendo a las consecuencias habituales que tal situación acarrea, pero si alguno de ellos estaba interesado en la herencia, el suceso le resultará esperanzador.

Si nos centramos únicamente en el ámbito de los sucesos que valoramos negativamente y provocan perturbaciones de la estabilidad psicológica, observamos que cuando un suceso genera un significado que es considerado por la persona como nocivo: peligroso, perjudicial, amenazador, dañino, etc., bien porque se han producido consecuencias perjudiciales o bien porque pueden implicar perjuicios futuros, esta información es transmitida al sistema emocional (SE), y éste activa los procesos fisiológicos correspondientes: alteración del ritmo cardíaco, respiración agitada, molestias estomacales, sudoración, falta de concentración, nebulosidad mental, irritación, etc. La cuestión entonces es averiguar qué tipo de información tiene que transmitir el sistema cognitivo al emocional y qué condiciones deben darse para que se active éste último. Es necesario resaltar que, al igual que el entorno que percibe la persona, esto es, el mundo físico que le rodea, es incoloro, inodoro e insípido y es ella a través de procesos mentales la que lo reviste de color, aroma y sabor, los hechos que tienen lugar en él no tienen significado ni valoración per se, es también la persona la que los interpreta, califica y valora mediante los procesos mentales correspondientes.

Para que se active el sistema emocional deben cumplirse dos condiciones:

  1. Calificar como nociva (peligrosa, amenazadora, etc.) la situación.
  2. Que la magnitud de la valoración negativa sea suficiente para activar el sistema emocional.

A tenor de esto, una de las cuestiones importantes es averiguar por qué un suceso que, como hemos dicho, no tiene valoración per se, adquiere una intensidad emocional capaz de activar el SE, lo que nos lleva al concepto de sensibilidad del mismo. En la Teoría General de Sistemas la sensibilidad expresa cuáles son las variables que tienen mayor influencia en el comportamiento de un sistema, y se obtienen a partir de la respuesta que este sistema da ante mínimos cambios de determinados parámetros. Estos parámetros vienen dados por el intervalo homeostático del propio sistema, de forma que si se sobrepasan se produce la perturbación. Ante perturbaciones externas, la sensibilidad del sistema es un factor muy importante a tener en cuenta.

En el ser humano, como sistema biológico, también es sensible a variables homeostáticas que en el ámbito de la mente constituyen la homeostasis psicológica, y que podríamos definirlas como “aquellas variables de naturaleza psicológica que deben ser consideradas para explicar por qué una situación concreta es capaz de perturbar el equilibrio psicológico”. Las variables homeostáticas psicológicas (VHP) constituyen los pilares de la estabilidad psicológica de la persona, se crean a lo largo de la vida, pueden modificarse con el paso del tiempo y definen qué aspectos de la vida son importantes y deben tenerse en cuenta para mantener el equilibrio psicológico. Además, se van consolidando en la memoria emocional durante el proceso de maduración de la persona.

Cada persona es sensible a unas VHP específicas que responden a las necesidades consideradas por ella como fundamentales, y entre ellas están:

Salud e integridad física; relaciones personales satisfactorias (amor, afecto, afinidad); creencias (religiosas, morales); estabilidad familiar, laboral o económica; sistema de valores: libertad, dignidad, confianza, responsabilidad, respeto, honestidad, sinceridad, etc.; autoestima; autorrealización; prestigio, reconocimiento y aceptación social (pertenencia al grupo), percepción de control, etc.

Pero la vulneración de alguna VHP, aunque es necesario, no es suficiente para que se active el SE. También es necesario que la “carga afectiva” del suceso (es un parámetro que registra la importancia y trascendencia de las consecuencias negativas asociadas a éste) sea la requerida para que se activen las neuronas del SE, y para ello deberá superar el umbral de activación neuronal y  generar la transmisión entre neuronas del SE,  pues si el estímulo no tiene suficiente intensidad o duración no se activará.  Es evidente, por ejemplo, que no es igual la pérdida de una vida anónima por un accidente aéreo en un país extranjero, ante el que se puede sentir lástima, compasión, ira, etc., pero no activará el SE hasta el nivel de perturbación, que si la víctima es un familiar cercano, en el que la perturbación emocional será muy intensa debido a que el mayor grado de vinculación con la persona fallecida y su significación en nuestras vidas aumenta la intensidad de la afectación emocional. Este umbral indica la sensibilidad del sistema emocional a ese tipo de situaciones, es decir, hasta dónde podemos aguantar una situación adversa sin alterarnos emocionalmente (hay personas que se enfadan e irritan fácilmente, se alteran por cualquier contratiempo o contrariedad, y otros necesitan estímulos más fuertes, más trascendentes).

La sensibilidad el sistema emocional para captar las señales del sistema cognitivo y transmitirlas a las estructuras cerebrales asociadas (principalmente el sistema hipotálamo-hipófisis-corteza suprarrenal), esto es, la facilidad con la que se comunican ambos sistemas, depende básicamente del número de neuronas y de las conexiones entre ellas que intervienen en la comunicación, y de la cantidad de neurotransmisores y receptores que faciliten las sinapsis, y todos ellos dependen fundamentalmente de la estructura genética de la persona, que dirige el entramado neuronal inicial, y de las vivencias durante su vida que pueden crear nuevas conexiones o modificar las existentes. Para que se dé esta transmisión se necesita superar el umbral de umbral de activación de las neuronas intervinientes.

Existe por tanto una relación entre la “carga afectiva” proporcionada por la valoración del suceso por la persona y la sensibilidad de las neuronas de su sistema emocional, esto es, de su umbral de activación. La sensibilidad del sistema emocional es una característica innata que depende de su dotación génica, pero lo que hace que se “dispare” la alarma emocional es aprendido, pues depende de la calificación del estímulo como nocivo y con la intensidad suficiente para superar el umbral de activación del SE (no obstante, esta relación no siempre se cumple, todos conocemos a personas que se alteran emocionalmente ante situaciones que objetivamente son intrascendentes e inocuas, incluso ellas mismas reconocen que no tendrían por qué alterarse, pero no pueden evitarlo). En vista de lo expuesto, la diferente afectación emocional entre las personas que son sujetos del mismo suceso vendrá dada por las distintas posibilidades que pueden presentar estos factores (carga afectiva y sensibilidad neuronal) en cada persona, que se constituyen en las diferencias de valoración (dv).

C) ¿POR QUÉ NO ELEGIMOS LA MISMA RESPUESTA?

Una vez obtenida la interpretación del hecho percibido y evaluado sus consecuencias se activa la fase de elegir la respuesta adecuada al mismo. Un aspecto de gran relevancia a la hora de efectuar esta elección es tener claro el objetivo o propósito (finalidad) de la misma. Si el objetivo es simple y no reviste una gran trascendencia suele efectuarse habitualmente mediante un proceso racional rápido (puede utilizarse la intuición). Pero cuando se trata de sucesos o situaciones complejas: elegir una profesión, lograr un proyecto personal, resolver una cuestión conflictiva, efectuar una tarea vital, adaptarse a una situación, etc., antes de tomar una decisión es necesario procesar y valorar un gran número de inputs (conocimientos, experiencias, emociones, valores, motivaciones, expectativas de logro, dificultades, etc.) y concebir un gran número de respuestas posibles (outputs), así como prever las consecuencias de las mismas. Todo ello se realiza a través del proceso de razonamiento.

Pero en la toma de decisiones, además de los procesos cognitivos, pueden presentarse aspectos emocionales que ejercen una gran influencia en ellas. Está comprobado que las decisiones que toman las personas no se basan siempre en planteamientos racionales objetivos, muchas suelen ir acompañadas de un componente emocional que influye en gran medida y puede distorsionar, e incluso anular, la elección de una conducta que, desde una óptica “racional” u “objetiva”, contiene una mayor expectativa de éxito. Un ejemplo de la influencia del sistema emocional en la toma de decisiones es la natural aversión a la pérdida de algún elemento importante del estatus vital de una persona (incluye la aversión al riesgo) que actúa como una poderosa fuerza conservadora y que sólo favorece los cambios mínimos en el mismo. Este efecto emocional se observa en el hecho de que el sentimiento de alegría y de goce por una ganancia es inferior en intensidad a la irritación, la amargura o la pena por la pérdida de algo del mismo valor (a nadie le gusta perder, sea cual sea el valor de la pérdida). Igualmente, muchas personas, ante la idea de una gran pérdida, experimentan una sensación de angustia y un profundo dolor, y la esperanza de una mínima posibilidad de evitarla induce a tomar decisiones que empeoran aún más la situación (por ejemplo recurrir a un curandero ante una enfermedad terminal). También es importante inhibir la tendencia natural a tomar decisiones basadas exclusivamente en el beneficio inmediato, sin tener en cuenta que a largo plazo puede ser perjudicial y revertirse en pérdidas. Por todo ello, puede decirse que toda conducta persigue un objetivo, y las personas fijan sus objetivos en función de sus necesidades, deseos, ilusiones, etc. y de la percepción que tengan de sus capacidades personales y de las expectativas de conseguirlos. Como estos factores pueden ser distintos surgen las diferencias de objetivos (do).

Una vez efectuado el proceso decisorio y elegido la opción que entendemos más adecuada, así como la planificación requerida para llevarla a cabo, el último paso es ejecutarla, esto es, que la decisión se manifieste en el entorno a través de la conducta. Para ello se necesita una orden que active el sistema motor, una fuerza mental (amparada en la motivación, la intención y la actitud) que nos impulse a ejecutar la actuación prevista y supere las fuerzas mentales inhibidoras que incitan a la inactividad. Entre estas últimas, las más corrientes son la pereza, vergüenza, inseguridad, miedo, etc., que suelen dar lugar a la acidia y la procrastinación. En este punto deben tenerse en cuenta las distintas fuerzas motivacionales que generan el impulso hacia una cierta conducta (como la necesidad, obligación, emoción, utilidad, la inercia, etc.) y como no en todas las personas actúan las mismas fuerzas ante una situación determinada, pues dependerá de las circunstancias personales y de la influencia del entorno, se generan las diferencias de motivación (dm).

D) CONCLUSION

Según este planteamiento, es fácil admitir que si un suceso contiene un determinado número de bits de información y no todas las personas captan el mismo número de ellos ni los procesan de igual forma, lo que cada uno entiende por realidad del suceso que actúa como estímulo será distinto, y también lo será la respuesta emocional, y como consecuencia la conducta elegida ante el mismo (no toda interpretación va seguida necesariamente de una afectación emocional, pero sí que cada conducta debe ir precedida de un proceso cognitivo, nadie actúa por que sí, sin más, aunque éste sea mínimo).

La expresión matemática de la diversidad de conductas, esto es, el número de conductas posibles ante un suceso, vendrá dado por una función matemática (f) que englobe las diferencias resultantes de los cinco procesos descritos atendiendo a los grados de libertad permitidos asociados a cada uno de ellos:

f (dp,  ds,  dv,  do,  dm)

Observando esta función, con la gran cantidad de variables que engloba según hemos visto, se deduce que no es muy probable que pueda existir uniformidad total en las respuestas de un grupo de personas ante un acontecimiento determinado (salvo que el grupo sea muy reducido o el suceso muy simple) ya que “la realidad” que emerge del procesamiento de la información por cada una de ellas será distinta (la probabilidad de que un grupo numeroso de personas interprete de forma homogénea un determinado acontecimiento y, en consecuencia, tengan la misma actuación, disminuye según aumenta la cantidad y complejidad de la información a procesar en sus cerebros y de los grados de libertad permitidos para cada variable). También hay que tener en cuenta que no todas las variables tienen el mismo peso en cada persona a la hora de culminar en una respuesta, y que una misma respuesta puede generarse a partir de distintas interpretaciones, objetivos y motivaciones.

No obstante, el llevar a la práctica esta función plantea grandes dificultades, porque la mente no funciona en forma computable (así lo afirma el físico y matemático R. Penrose), no existe (al menos por ahora) un algoritmo que resuelva todas las cuestiones que afectan al funcionamiento de la mente y a los fenómenos mentales (la evolución del sistema nervioso en los animales ha ido añadiendo nuevas opciones de comportamiento, esto es, un mayor número de grados de libertad,  hasta crear en el hombre un sistema tan complejo que escapa incluso a los sistemas basados en algoritmos). Esto es debido principalmente a que los algoritmos constan de una realidad única e incuestionable (los números reales, por ejemplo) y se tratan en un mismo sistema operativo (unas instrucciones precisas que no pueden obviarse), mientras que la mente trabaja con una realidad “subjetiva”, una “base de datos” personal (memorias semántica y episódica) y un “sistema operativo” de distinta capacidad de procesamiento según la persona.

Pero esta heterogeneidad no implica que exista obligatoria y necesariamente una conducta diferente para cada persona. Frente a esta tendencia natural a la diversidad también existe una tendencia en la Naturaleza a la asociación de sistemas biológicos individuales en grupos, lo que propicia que existan ciertas respuestas conductuales uniformes que permitan y mantengan la cohesión interna del grupo (según la Teoría General de Sistemas existe una tendencia natural a la agrupación de los sistemas biológicos como respuesta a la fuerza entrópica termodinámica). Esta peculiaridad se explica en base a que ambas son estrategias complementarias de la Naturaleza que van dirigidas a la supervivencia de la especie.  Además, la agrupación de individuos genera propiedades emergentes que no posee el individuo aislado y que son importantes para su supervivencia.

Si aceptamos que las diferencias en la conducta humana son el resultado de la “estrategia de la diversidad”  impuesta por la Naturaleza y de las variables innatas y adquiridas de la persona antes mencionadas, deberíamos aceptar igualmente que puedan darse entre las personas del grupo en el que convivimos actitudes y conductas que sean distintas e incluso contrarias a las nuestras, pues son “naturales” y “esperables” como consecuencia de estas diferencias, evitando así la incomprensión, discriminación, los conflictos interpersonales, la intolerancia, etc., y potenciando el mecanismo natural de la empatía hacia ellas, considerándolas “diferentes” en lugar de “contrarias” a nosotros (salvo, claro está, que la conducta sea “antinatural” o socialmente reprochable). Igualmente, si pudieran conocerse de forma rápida, sencilla y veraz estas variables en cada persona, la labor de los psicoterapeutas sería más fácil y acertada, así como la de los sociólogos a la hora de interpretar  el comportamiento de grupos humanos ante determinados acontecimientos.

Bibliografía:

  1. Bertalanffy, Ludwing. Teoría General de Sistemas. Madrid. AlianzaEditorial, 1982.
  2. Penrose, Roger. La nueva mente del emperador. Barcelona. Random House Mondadori, 1991.
  3. Pinker, Steven. Cómo funciona la mente. Barcelona. Ediciones Destino, 2000.
  4. Rosenzweig, Mark R. y Arnold I. Leiman. Psicología Fisiológica. Madrid. McGRAW-HILL, 1992.