Perspectivas en la conceptualización de la emoción

La emociones, entendidas como experiencias que incluyen procesos neurológicos, fisiológicos, motores y verbales, con aspectos sensoriales-perceptuales, autonómicos-hormonales, cognitivos-atencionales y afectivo-sentimentales (Ostrosky & Vélez, 2013) impregnan todas las áreas de la vida e influyen en la cotidianidad, lo cual hace imperante su estudio. Esta inquietante necesidad de comprensión de las emociones humanas, ha captado la atención de diferentes teóricos, científicos, filósofos e investigadores a través del tiempo y en diversas disciplinas, desde la Antigua Grecia hasta nuestros tiempos.

Por esto, teorías filosóficas, evolucionistas, psicofisiológicas, neurológicas, conductistas y cognitivas, han planteado constructos que resultan ser contradictorios y/o complementarios, pero su valor, radica en los aportes que hacen en la aproximación a la conceptualización y funcionalidad de las emociones.

Los Griegos, como primeros humanos en acercarse a la comprensión de las emociones, pretenden racionalizarlas convirtiéndolas en teoría. Dentro de estas, resalta la de Aristóteles, quien define las emociones o pathe como afecciones psicofísicas, acompañadas de placer o dolor, que incluyen alteraciones fisiológicas, procesos cognitivos (sensaciones o percepciones, creencias o juicios), disposiciones hacia el mundo y deseos o impulsos (Trueba, 2009). Para Aristóteles las emociones cumplen la función de disponer al cuerpo al movimiento, ya que como son lo que se padece, implican sacarlo y buscar el equilibrio (Malo Pé, 2007). Por otra parte, Hipócrates, afirmaba que la estabilidad emocional dependía del equilibrio de cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra (Belmonte, 2007).

Siguiendo con los planteamientos filosóficos, Descartes reconoce las emociones como afecciones en el alma, la cual reside en la glándula pineal y cuya función es incitar al alma a conservar el cuerpo o hacerlo más perfecto (Casado & Colomo, 2006). En oposición, Spinoza plantea que la emoción comprende alma y cuerpo y que su objetivo es preservar el ser por un tiempo indefinido (Casado & Colomo, 2006). Estos filósofos distinguen entre emociones buenas y malas, las que tienden a la perfección y las que por el contrario dificultan preservar la esencia del ser y lo alejan de la perfección.

Por otra parte, la perspectiva evolucionista, donde impera la teoría de Darwin, la emoción es una respuesta ante las exigencias del ambiente, donde su función es principalmente la de adaptación y perpetuación de la especie. Según esta teoría, las expresiones de la emoción evolucionan a partir de conductas que indican lo que probablemente el animal vaya a hacer a continuación (excitación del sistema nervioso); si las señales que proporcionan dichas conductas son beneficiosas para el animal que las muestra, evolucionarán (Principio de Utilidad); y los mensajes opuestos a menudo se indican por movimientos y posturas opuestas (principio de Antítesis) (Chóliz, 2005). Darwin también plantea el postulado de emociones básicas y secundarias, en las cuales la expresión facial y el cuerpo son los principales medios para su expresión; las primeras, son universales, se encuentran en todos los animales incluido el hombre, son transculturales e innatas, y las secundarias dependen de la interacción social y de componentes cognitivos más elaborados (Ostrosky & Vélez, 2013).

James (1884/1985) introduce los cambios psicofisiológicos para explicar la emoción, ya que según él, esta es la sensación de los cambios corporales producidos por la percepción de un hecho o estimulo desencadenante. Para diferenciar y describir las emociones, solo basta con analizar y medir cuantitativamente los cambios fisiológicos observables (Malo Pé, 2007). Paralelamente, Lange afirma que la emoción no se deriva directamente de la percepción de un estímulo, sino que éste ocasiona unos cambios corporales, cuya percepción por parte del sujeto da lugar a la emoción (Ramos, Piqueras, Martínez & Oblitas, 2009). En estas teorías la función de las emociones está dada por la realización de conductas adaptativas y la generación de reacciones de orientación para el organismo.

Cannon (1931, citado por Belmonte, 2007) realiza una crítica a James, afirmando que la sensación de los cambios fisiológicos no es la emoción, por el contrario, que unas zonas concretas del cerebro, particularmente el hipotálamo y el tálamo, son las responsables de las respuestas emocionales integradas, proporcionando a la corteza cerebral la información requerida para poner en marcha los mecanismos cerebrales de consciencia de la emoción. Por ende, su función consiste en preparar al organismo para una eventual respuesta que implicaría un gasto energético importante; específicamente, Cannon demostró que los cambios corporales en el dolor, hambre, temor y cólera contribuyen al bienestar y auto-preservación del individuo (Ostrosky & Vélez, 2013). Dentro de las teorías de activación, Lindsley, Hebb y Malmo (1951; 1955; 1959, citados por Chóliz, 2005), plantean la existencia de un proceso único de activación en el que los sistemas cortical, autonómico y somático estarían perfectamente coordinados y que sería el responsable de la cualidad de las diferentes reacciones afectivas.

Los descubrimientos y con ello los planteamientos desde la neurociencia fueron avanzando pasando por la descripción del circuito de Papez, la organización evolutiva del cerebro de Mac Lean, la conexión entre corteza cerebral, sistema límbico y tronco encefálico activadora del sistema endocrino propuesta por Henry, y muchas otras (Belmonte, 2007; Chóliz, 2005; Ostrosky & Vélez, 2013). Actualmente, dentro de las  estructuras neuronales implicadas en la emoción se encuentra el tronco cerebral, hipotálamo, prosencéfalo basal, amígdala, corteza prefrontal ventromedial y la corteza cíngulada (Damasio, 1994 citado por Chóliz, 2005; Lane et al., 1997).

La teoría del cuarteto (Koelsch, et al., 2015) muestra una perspectiva teórica, metodológica y epistemológica integradora que permite una comprensión holística de las emociones humanas a partir de cuatro sistemas: centrado en el tronco encefálico, en el diencéfalo, en el hipocampo y en la corteza orbitofrontal, a partir de las vías aferentes y eferentes, donde además de la importancia de las conexiones neuronales y sistemas de neurotransmisores, se reconoce el papel fundamental del lenguaje en la codificación de estas, así como en su expresión, regulación y generador de las emociones en otras personas. Reconoce que existen procesos emocionales asociados necesidades básicas y de autorregulación, es decir, expresión y satisfacción de emociones asociadas a hambre, sueño, sexo, entre otras, reguladas por el Hipotálamo. De esta manera, la teoría del cuarteto no sólo se enfoca en emociones básicas, sino del apego, explicando de esta manera cómo se crean lazos afectivos entre miembros de la misma especie, los cuales generan afiliación, conductas prosociales y protectoras de sus congéneres. De igual manera, cómo intervienen estructuras asociadas a procesos cognitivos y ejecutivos, como lo es el área orbitrofrontal encargado de la toma de decisiones, asociado también a procesamiento emocional y de recompensa.

Por otra parte, dentro de las teóricas conductuales, Watson plantea la emoción como una reacción heredada que contiene cambios en mecanismos corporales (sistema límbico) que se activa ante la situación (Melo Pé, 2007).  Es decir, son respuestas condicionadas que se generan cuando un estímulo neutro se asocia con un estímulo incondicionado capaz de producir una respuesta emocional intensa (Chóliz, 2005). Por su parte, Skinner concibe la emoción como una conducta operante o comportamiento que produce el resultado deseado, el cual tiende a repetirse (Melo Pé, 2007).  La función de la emoción está dada por la consecución de reforzantes producto de la interacción con el entorno.

En oposición, las teorías cognitivas proponen que la reacción ante una emoción es de tipo fisiológico,  y lo importante, es la interpretación cognitiva de dicha reacción fisiológica, la cual determina la cualidad de la emoción. La emoción solo se produce tras hacer una valoración cognitiva del evento o estimulo relevante, donde se le atribuye causalidad, propiedades y juicios (Schachter y Singer, 1962; Lazarus, 1984; Averill, 1982; Arnold, 1960, citados por Chóliz, 2005), con la función de adaptar al individuo a su ambiente y que funcione de manera adecuada en sociedad (Melo Pé, 2007). 

En conclusión, se encuentran aportes diversos entre las teorías filosóficas, evolucionistas, psicofisiológicas, neurológicas, conductistas y cognitivas, todos ellos dados desde la comprensión del mundo en su momento histórico y las herramientas con que contaban para realizar sus investigaciones. Todas reconocen la función adaptativa de las emociones, la importancia de estas en la interacción social, en la disposición pro-social, la supervivencia, la toma de decisiones y el procesamiento racional.

Las emociones matizan la vida de cada ser humano, según lo expuesto por Aristóteles desde el placer y el dolor, ya que como parte fundamental de la vida, siempre están presentes y se constituyen como las dos caras de la misma moneda en el ser humano, dados a partir de la activación de estructuras corticales y subcorticales que propician respuestas fisiológicas, motoras, viscerales, verbales y cognitivas. Como forma de conducta mediada por el sistema límbico, las emociones impactan la salud de cada persona, de allí la importancia de analizar cada una de las perspectivas teóricas que además de proponen una aproximación a su comprensión, determinan las rutas de acción y tratamiento ante las patologías que en su mayoría tienen un sustrato de alteración emocional.

Finalmente, se afirma que se encuentran divergencias entre la teoría de Aristóteles el cual plantea que en la emoción está implicado un proceso intelectual y no la sola activación fisiológica, ya que necesita del lenguaje y por ende implica a la razón; en contra posición a lo planteado siglos más tarde por James, quien afirma que la emoción es la simple percepción de los cambios fisiológicos. Igualmente, se evidencian grandes diferencias entre las teorías fisiológicas y neuronales, ya que las primeras entendían la emoción como la respuesta visceral, vascular o motora, mientras que las neuronales centran la génesis y proceso de la emoción en el cerebro donde se encuentran implicadas diferentes estructuras corticales y subcorticales. Así mismo, las teorías cognitivas con su relevancia en procesos mentalistas, donde las funciones cognitivas y los procesos de valoración determinan la emoción se opone a lo planteado por las teorías conductistas donde la emoción es una forma más de conducta dada por el condicionamiento y cuya función está dada por el marco de relación de contingencias.

REFERENCIAS

  • Belmonte, C. (2007). Emociones y cerebro. Real Academia de Ciencias Exactas Físicas y Naturales, 101 (1), 56-68.
  • Casado, C. & Colomo, R. (2006). Un breve recorrido por la concepción de las emociones en la filosofía occidental. A Parte Rei. Revista de Filosofía, 47, 1-10.
  • Chóliz, M. (2005). Psicología de la emoción: el proceso emocional. Documento en línea            recuperado de http://www.uv.es/choliz/Proceso%20emocional.pdf
  • James, W. (1884/1985). What is an emotion? En: E. Gaviria (Trad.), Estudios de Psicología,       21, 57-73.
  • Koelsch, S., Jacobs, A., Menninghaus, W., Liebal, K., Klann-Delius, G., Sheve, C. et al., (2015).           The quartet theory of human emotions: an integrative and neurofuntional model. Pshysics     of Life Reviews, 13, 1-27.
  • Lane, R., Reiman, E., Bradley, M. Lang, P., Ahem, G., Davidson, R., et al. (1997).         Neuroanatomical correlates of pleasant and unpleasant emotion. Neuropsychologia, 35,       1437-1444.
  • Malo Pé, A. (2007). Teorías sobre las emociones. En Fernandez, F. & Maercado, J. (2007).                     Philosophica: Enciclopedia filosófica on line,             URL: http://www.philosophica.info/archivo/2007/voces/emociones/Emociones.html
  • Ostrosky, F. & Vélez, A. (2013). Neurobiología de las emociones.  Revista de Neuropsicología,             Neuropsiquiatría y Neurociencias, 13 (1), 1-13.
  • Ramos, V., Piqueras, J., Martínez, O. & Oblitas, L. (2009). Emoción y cognición: implicaciones             para el             tratamiento. Terapia Psicológica, 27 (2), 227-237.
  • Trueba, C. (2009). La teoría aristotélica de las emociones. Signos Filosóficos, 11 (22), 147-170.